Material de estudio experiencias, historias judías, literatura Judía sobrevivientes historias Autor: Samuel Akinín Levy

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El escritor Samuel Akinín nos relata en esta ocasión de  historias de sobrevivientes judíos

Este escrito ha sido enviado por el Autor, para ser mostrado en esta Web y forma parte de su libro Sobrevivientes

 

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SOBREVIVIENTES

SALONICA

 

POR

 

Samuel Akinín Levy

 

 

Moshe Calderón y Vida Levy, Así se llamaban mis padres, ellos vivían en un pequeño pueblo de Yugoslavia llamado Monastir. Como la gran mayoría de los judíos sefarditas, durante el reinado de los Reyes Católicos y la subsiguiente persecución y expulsión de los judíos españoles, mis antecesores fueron obligados a emigrar de España al no querer renunciar a su religión judía. Para la época de mis padres, ya nuestra familia estaba asentada en Yugoslavia al igual que miles y miles de judíos españoles mas. Antes de estallar La Primera Guerra Mundial, deciden mudarse mas cerca de su familia, con mis tíos; el rabino Isaac Calderón y su esposa Sunjula, a Grecia.

 

Fuimos seis hermanos, 5 hembras y un varón: Poline, Alegre, Estrella, Gabriel, yo, nombrada por mi hermana Alegre y mi hermana menor Dora. En el año de 1.917 murieron dos de mis hermanas, Alegre y Estrella. Durante La Primera Guerra Mundial, incendiaron Salónica, no había ningún tipo de seguridad, la ciudad estaba totalmente quemada. Toda la gente corrió a las playas en busca de refugio. El frío y la humedad cobraron muchas vidas. Luego el hambre   terminó de una manera mas lastimera con otra gran parte de la población.

 

Mi hermana Poline, se casó con Darío Attas. Este quién era un hombre sumamente astuto, logró hacer grandes negocios con los árabes desde Grecia. Luego de un corto tiempo se trasladaron a Siria en donde vivieron muchos años y lograron pasar sin traumas las penurias que a nosotros si nos tocó vivir.

 

Al poco tiempo de nacida mi hermanita Dora. Mi madre tuvo que velar por  nosotros. Aunque nuestro tío Isaac siempre estuvo de nuestro lado y nos ofrecía todo tipo de ayuda, el orgullo de mi madre no le permitía recibirlas, para ella cualquier ayuda eran dádivas y se sentía lo suficientemente capaz como para mantenernos ella sola. Ella luchó enérgicamente. Era el hombre y la mujer de la casa. Trabajaba horas y horas. Era una gran costurera, en poco tiempo en Salónica, era reconocida por su talento, el trabajo iba en aumento día a día. Desde muy joven comencé a ayudarla, aprendí del oficio los secretos que ella me enseñó. Esto, a la larga salvó mi vida en repetidas oportunidades.

 

Con su fe, con su espíritu y con un poco de buena suerte, nos pudo sacar adelante. Mi madre había consentido que mi hermanita Dora viviera con mis tíos en su casa. Ellos no tenían hijos y el cariño que le había tomado y que demostraban a cada momento la hizo que compartiera con ellos a nuestra queridísima Dora. Hasta hoy en día creo que hizo lo mejor. Dora fue nuestra alegría y la suya. Jamás se podrá disfrutar con mayor intensidad el amor, el cariño, el afecto, que sentíamos por mi hermana, la distancia que nos separaba de la casa de mis tíos, era para nosotros como un largo viaje, cada día era un día festivo. Todos los días la visitábamos, recogíamos los adelantos de la niña de boca de nuestra querida tía y nos llenábamos de orgullo.

 

Al hablar ahora de mi madre, me vienen ciertos recuerdos, informaciones que recibimos en algún momento de nuestra vida y que quedan guardadas en nuestro inconsciente logrando a veces ser despertado de la manera menos sospechada y en el momento menos pensado. Recuerdo que una vez me contó, que ella había quedado huérfana a los dos días de nacida, mi abuela murió luego del parto por una infección. Mi abuelo se casó en segunda nupcias y a su vez luego   del nacimiento de mi tío León Levy, la segunda esposa también murió por la misma causa. Por tercera vez mi abuelo se volvió a casar y con ésta tuvo 8 hijos. De los cuales, sólo se salvaron dos un varón y una hembra, Meir y Rachel. Meir, de joven se fue a Israel. Unos años después se mudó a Los Ángeles. Rachel, como muchos de los míos murió en Auschwitz.

 

En el año de 1.939. Mi hermana Poline quería que me fuera a Siria con ellos, me decía por carta que la vida en Siria era muy tranquila y segura, que se respiraba aire de libertad y que además me necesitaba. Tal vez esto fue lo que me hizo decidir, el saber que sería útil y el ver que me requerían, aceleró mi decisión. Tenía todo arreglado, el pasaje en barco ya estaba comprado, la travesía duraría 8 días. Los amigos me prepararon una despedida, esa noche recibí innumerables atenciones, regalos, demostraciones de afecto y por supuesto sincero cariño. Pensamos en algún momento que estamos solos, que casi nadie nos quiere, que no le importamos a los demás, pero afortunadamente sí importamos. Descubrimos a veces más tarde que temprano que es verdad, que la gente nos ama, nos necesita y cuando nos ven partir, sufren al igual que nosotros. Nos quieren y nos demuestran su dolor por la pérdida, por la partida.

 

Esa noche, fue muy grata, la pasamos de lo mejor. El barco partía al día siguiente. Pero al llegar la mañana, los periódicos anunciaron que la guerra se había declarado. Con todas las cosas listas y ya preparada para el viaje, mi madre no me dejó que tomara el barco, dijo veamos que pasará después. Mi madre, no permitiría que tomara riesgos, pensaba que podrían bombardear al barco y me consta, que   aunque estaba haciendo  el viaje con su consentimiento, no era lo que en verdad ella quería. Se entremezclaron los sentimientos y salió a flote el más sincero, el verdadero, ella, mi madre, de alguna manera sentía como un premio la noticia de la guerra. Su amada hija ya no la abandonaría.

 

Los griegos estaban ganando la guerra a los italianos, ya había llegado a Albania. El pueblo se sentía orgulloso de sus logros. Luego entraron los alemanes a la guerra y los griegos se rindieron, regresaron a Salónica. En el año de 1.941, los alemanes entran y toman Salónica. Recordemos que la gran mayoría de los negocios de Salónica pertenecían a los judíos. Es por eso que en las pascuas judías, ningún negocio trabajaba, ni los judíos, los ortodoxos, ni siquiera los cristianos. La judería era la base de la economía. La ciudad entera disfrutaba de la bonanza económica. Los pobladores se sentían seguros con sus trabajos. Los agricultores tenían sus cosechas garantizadas. La llegada de los alemanes rompió los esquemas tradicionales, eliminó las fuentes de trabajo, arrasó con todas las clases de comercio. Plasmo una inseguridad total, ejercitó la practica del saqueo. Primero, llegaban por cada uno de los negocios de los judíos y con sus camiones en la puerta decomisaban todo, la mercancía, los muebles etc.. Luego hacían lo mismo. Iba casa por casa, de los judíos y Saqueaban joyas, muebles, adornos, cuadros y todo tipo de bienes.

 

El pueblo se moría de hambre, no había ningún tipo de trabajo. Así, entramos a nuestro Holocausto. El Rabino Principal de Salónica bajo amenazas de muerte tanto de él como de su familia. Dio a los alemanes toda la información que ellos requerían en cuanto a direcciones de las familias judías y demás. Lo obligaban a hacer reuniones en su casa, primero con los judíos más ricos y luego con los demás. Así en muy poco tiempo, nos visitaron y nos dejaron en la más cruel inopia. Recuerdo que dejaban las casas vacías. Se llevaban todo, piezas de plata, de oro, de cobre, cacharros de comida, manteles, sábanas, sillas, era impresionante, se notaba una voracidad insaciable. Pero eso no fue lo peor.

 

Empezamos a carecer de alimentos, el hambre reinaba por doquier. Aquellas personas conocidas por su respetabilidad, su honorabilidad y por su dinero se confundían con los demás de una manera inimaginable. Mendigaban por las calles un trozo de pan como cualquier limosnero. No podíamos creer lo que nuestros ojos veían. Los alemanes en su infinita maldad, no satisfechos con haberse llevado los bienes, se ocupaban minuciosamente de no permitir la Merchandise Noir, el mercado negro, la permuta estaba perseguida y castigada con la muerte. En esa época no había jabón en ningún sitio de Grecia. De manera clandestina, algunos judíos que conocían la técnica de la elaboración y que además eran demasiados valientes, a hurtadillas lo elaboraban en sus casas y yo los negociaba. Me iba al interior a Casalon y lo cambiaba por trigo. Tres veces fui agarrada in fraganti por los griegos, menos mal que ninguna por los alemanes. Jamás tuve que dormir en prisión, negociaba con ellos, alimentos por libertad, ellos también sufrían de las necesidades reinantes. En el techo de mi casa tenía sacos de todo tipo de alimentos; azúcar, harina, aceite, miel, de todo lo bueno.

 

Nosotros éramos una familia kasher, mamá provenía de una familia muy religiosa. Nuestra ciudad, Salónica era llamada la sucursal de Palestina, refiriéndonos hoy en día al nuevo estado de Israel. En festividades como el Yom Kippur, era sumamente difícil de diferenciar entre los negocios judíos y los no judíos, todos estaban cerrados.

 

Pasados los primeros ocho meses de los alemanes en Salónica y luego de haber incautado todas las mercancías de los negocios y de las casas de los judíos. Establecen el primer gueto de la ciudad. Singru así fue llamado. En el centro de la ciudad, estaban las casas más grandes y bonitas, éstas fueron las tomadas para formar el gueto. en cada habitación obligaban a meter a 6 personas. Esta misma situación hizo que los que estaban dentro de sus mismas casas en el gueto, llamaran a toda su familia para que los acompañara dentro de sus casas. Nosotros por suerte vivíamos dentro del gueto, esto permitió que nuestro almacén de alimentos nos sirviera para alimentarnos y para alimentar a otros más.   Comenzó la puesta de la Concordia, así se llamaba la Maguén David, la estrella de David que debíamos tener pegada en nuestra ropa. Fue un año y medio que nos tuvieron presos en el gueto.

 

El que luego fue mi esposo, se llamaba Raúl Saias, venía de una de las familias más ricas de Grecia. Era noticia pública que antes de la invasión de los alemanes, su familia era la que más impuestos pagaba en toda Grecia. El se había podido escapar del control de los alemanes, vivía fuera del gueto en la casa de unos católicos que por un precio determinado lo mantenían.

 

Los padres de Raúl estaban con nosotros dentro del gueto, cada vez que podían le hacían llegar una esquela con la petición de se viniera al gueto, que no existía peligro alguno dentro de él. Esa noche luego de tener seis meses sin ver a sus padres, por fin, decide entrar de visita para verlos, para estar con ellos. Esa misma noche a las dos de la madrugada, los alemanes entran al gueto y nos recogen a los judíos, nos dicen que vamos a ser llevados a Polonia por seis meses. Camiones y camiones, estaban a la puerta del gueto cargando a la gente. Los padres de Raúl se sentían culpables de haber metido a su hijo a última hora al gueto, no se podrían perdonar en la vida si algo le llegase a ocurrir a su hijo, a su único hijo que siguiendo los deseos amorosos pero inconscientes de sus padres obedeció aún a costa del riesgo.

 

Como ya les dije en el sector que los alemanes escogieron como sitio para establecer el gueto, había ya instaladas ciertas familias, algunas de ellas ni siquiera eran judías pero ahí permanecieron. La mamá de Raúl se dirigió a una señora solterona que vivía cerca de ella, le llevó una gran cantidad de joyas que había logrado salvar y se las ofreció a cambio de ocultara a su hijo. Esta señora aceptó, pero una vecina no judía la denunció con los alemanes de que ella estaba ocultando a un joven judío. Una patrulla de alemanes fue hasta su casa a verificar la denuncia. La señora les hizo pasar y les abrió todas las puertas de su casa menos la de una habitación. Esto lo realizó de una manera magistral, despertando a propósito todo tipo de sospechas. Los alemanes, había notado que esa puerta no había sido abierta. Al no encontrar evidencias del joven y quedando solamente un cuarto sin chequear, la conminaron a abrirlo y dejar ver que ocultaba en él. Ella les decía que en ese cuarto tenía a su pobre hijita enferma de tifus, que estaba sumamente grave y no quería que infectara a los demás, pero que si ellos ordenaban, les abriría la puerta.

 

Por supuesto que la obligaron a abrir. Pero era bien sabido, que los alemanes eran o alérgicos o simplemente se asustaban del incienso, les temían. La señora había encendido todo el incienso que tenía en su casa, dentro de esa habitación, al abrir la puerta fue tal el olor, la fetidez a incienso además del gran temor ocasionado con el cuento de la hijita enferma, que los alemanes, no se quedaron a averiguar, ordenaron cerrar rápidamente la puerta y con las mismas se marcharon, volaron. Así se salvó Raúl, días después salió del gueto y se fue a pelear con los partisanos a las montañas y ahí permaneció hasta el fin de la guerra. Raúl no quiso inscribirse en el partido comunista, en el tiempo en que peleó con los terroristas fue puesto preso por no compartir sus ideas, luego fue liberado por ser el único que hablaba perfectamente el Ingles. Había estudiado en Londres y sus conocimientos eran para la época y el lugar, claves necesarias para recibir apoyo y mantener contacto con los ingleses y luego los Americanos. Cuando finaliza la guerra y yo regreso de los campos de concentración, nos casamos, pero el odio de los terroristas, seguía vivo, no le perdonaban sus ideas. Nos fuimos a Los Ángeles.

 

Al sacarnos los alemanes del gueto, nos llevaron a un barrio llamado Barón Hirsh, que quedaba cerca de la estación de trenes. Esto fue ocho días antes de Pesaj, (festividad judía en memoria de la salida del pueblo judío de Egipto. La celebración del cambio de la esclavitud al salto de la libertad), cada familia tenía en su bolso o equipaje las galletas tradicionales de la festividad, (matza) es un pan ácimo, sin levadura para que no fermente, en recuerdo de los cuarenta años que atravesó el pueblo judío por el desierto. Durante la travesía no se detenían lo suficiente como para dejar que la levadura subiese, es por este motivo que durante Pesaj, el pueblo judío de todo el mundo rememora la travesía del desierto siguiendo la costumbre de comer durante ocho días en vez de pan, galleta sin levadura, matza.

 

Un día si y otro no salía un tren cargado con 3.500 judíos rumbo a Polonia. Usaban los vagones para transporte de animales. Metían a 100 personas por vagón,  estábamos de pié, no había sitio para sentarse, en un rincón del vagón había un agujero pequeño para hacer las necesidades, pero los que estaban del otro lado del vagón no podían llegar a él. El viaje duró 6 días y 6 noches. No voy a repetir el sufrimiento que pasamos, sé que muchos de los sobrevivientes pasaron por algo similar y habrán detallado sus experiencias. Las mías dentro del tren, con mi querida madre, mi hermanita, mi hermano, mis abuelos y mis tíos, sólo Dios las sabe.

 

El tren no se paró hasta llegar a su destino. Calculo que llegamos entre las diez y diez y media de la noche. Salimos de Salónica el día 05 de abril de 1.943 y llegamos el día 11 del mismo mes a Birkenau. Había muchos camiones, nos dijeron que debíamos de dejarlo todo, que no tocáramos nuestras cosas. De inmediato, nos hicieron formar filas. Sacaban a 500 muchachos y a 300 muchachas, los demás los mandaban a montar a los camiones. Suben a los camiones, mis tíos y demás familiares, mi madre al verse arriba, piensa que lo mejor para nosotros es el subir con ella y mis tíos. Nos grita que subamos para que no nos separáramos. Le hago caso, subo al camión y trato de hacer subir a mi hermana, un soldado alemán, me vio y me sacó del camión. Los mismos alemanes que se ocupaban de quitarnos la vida, ese día me otorgaban junto con mi hermana un pasaporte para vivir por un tiempo más. El destino hacía juegos macabros con la gente. Los míos fueron despachados hacia las cámaras de gas y luego a los crematorios, con ellos no hubo despedidas, no nos permitieron quedarnos con el consuelo de una leve despedida, de un abrazo fugaz. No éramos considerados gentes, su maquinaria asesina no se podía detener, no había sentimientos ni había humanidad.

 

Los escogidos subimos a otros camiones, nos llevan al campo de exterminio de Birkenau, nos meten en una barraca. Nos van a tatuar. Esto se hacía de una manera sumamente dolorosa. Imagínense el temor de ir al médico para que les pongan un inyección en el brazo. Es una sensación de temor, ahora piensen que con agujas mucho más largas que las de una inyectadora, sin ningún tipo de anestesias, nos pinchaban hasta terminar de grabar en nuestra piel el número que nos había sido asignado. Recuerdo con mucha tristeza a la primera joven del grupo, con el primer pinchazo comenzó a gritar. La golpiza que recibió fue mortal, ya ninguna volvió a quejarse del dolor. Supimos en ese momento que a esta gente no le importábamos nada. A mí me grabaron el número 40595 y a mi hermana Dora 40596.

 

Toman una cantidad limitada y nos meten a un cuarto, mi hermana queda afuera, la oigo gritar, pero no puedo hacer nada, las puertas están cerradas y yo no las puedo abrir. Nos cortaron el pelo a todas, luego nos dieron un baño de vapor, el frío era indescriptible. Desde que llegamos todo estaba cubierto de nieve, además que el mismo desconocimiento nos acrecentaba el temor y éste a su vez se revertía en más frío, temblábamos de miedo y de frío, de frío y de miedo. Pasado el baño de vapor, esperé a ver si podía reencontrar a mi hermana, nos había empujado hacia una sala grande donde estábamos todas las mujeres griegas, todas éramos judías. Al pasar uno minutos sale el próximo   grupo, ahí viéndolas, empiezo a gritar el nombre de mi hermana, ¡Dora! ¡Dora !, ella se acerca pero ya no me reconoce, estamos calvas, comienza a llorar, le grito que no llore que no haga gestos, que nos pueden castigar por ello y sería mucho peor. Al terminar de pelar y bañar a las trescientas mujeres, nos meten en un bloque, el bloque número 26. Nos dijeron que estábamos en cuarentena. De repente sentía frío, calor, no podía hablar, tenía una especie de nudo en la garganta. Mi inconsciente sabía lo que mi consciente desconocía. En la mañana, me asomé por una de las ventanas y vi a unas mujeres, por lo que pude oír, eran francesas. Les pregunté si ellas sabían a dónde estarían nuestras madres, si las podríamos volver a ver. Su respuesta nos hizo pensar de que estaban locas, que el encierro, los baños de vapor, el corte de pelo, el viaje que también ellas deberían de haber hecho en tren, sin comidas, sin atenciones las había trastornados. No podía ser de otra manera. De la manera más increíble recibimos sus contestaciones. Decían. ¿Ustedes no están oliendo a carne quemada?, se fijan en ese humo. ¡Ahí las están quemando!. Como único consuelo pensamos que estaban locas. No podía ser posible lo que nos estaban diciendo. No era ni lógico ni natural, que si nos quisieran matar, nos tuvieran que traer desde tan lejos, con un costo tal alto, solo para matarnos al llegar. No, no, no lo podía creer, no lo quería aceptar.

 

Empezamos a trabajar, la cuarentena apenas duró tres días. Nuestro primer trabajo fue el de terminar de tumbar edificios en ruinas, luego nos tocó hacer y limpiar calles, drenábamos los ríos, limpiábamos las montañas. Los alemanes tenían sus perros amaestrados y la custodia era imposible de evadir. En una oportunidad requerían costureras y así mi hermana y yo comenzamos en la costura. Cosíamos paracaídas. El trabajo que ejecutábamos antes, no era para mujeres, no podíamos con nuestras manos, ni con nuestros pies, no estábamos acostumbradas a las labores de hombres, de recoger piedras, tumbar árboles y cargar otras cosas pesadas. Pero el coser ya no era un castigo, a eso sí estábamos acostumbradas, las horas las pasábamos sin darnos cuenta, no era la primera vez que trabajábamos tan duro. En algunas épocas cuando el trabajo lo había requerido tanto mi hermana, como mi madre o yo, trabajábamos más.

 

A nosotras nos cuidaban unas mujeres judías llamadas capos. Estas eran responsables ante los alemanes de nuestro trabajo. Había una capo checoslovaca, que me quería mucho, me había tomado un gran cariño y en varias oportunidades lo demostró al arriesgar su propia vida. Una o dos veces por semana hacía selección en las barracas, todas aquellas mujeres, enfermas, incapacitadas o muy débiles, eran seleccionadas, anotaban sus números y luego las recogían para mandarlas a las cámaras de gas y después a los crematorios. En una oportunidad me enfermé de soriasis, por falta de medicinas y tratamientos, me llené de huecos todo el cuerpo, mis poros expelían pus, de no ser por la amiga capo, que en la primera selección   me ocultó. No podría contarles esto hoy.

 

Mi enfermedad, me podía costar la vida, la capo se llamaba Anusneni, me consta que hizo de todo por ayudarme,  no descansó hasta verme curada. Un día me trajo una botellita con cierto medicamento, para que me lo untara, el remedio hizo su efecto, a la otra selección ya no se notaba mi enfermedad, luego me curó por completo. Esta mujer se comportó conmigo como una verdadera madre. Dios la tenga en su gloria.

 

Estaba un día cosiendo, cuando un hombre vino a arreglar las máquinas de coser. Le dije que tenía en el campo a mi hermano, llamado Gabriel Calderón, me dijo que lo conocía, le pedí que lo trajera la próxima vez que viniera, sabia que Anusneni  me ayudaría. Al otro día vino con mi hermano, teníamos cinco meses sin vernos, sin saber nada el uno del otro y ahí estaba, varios milagros se me dieron durante mi estadía en Birkenau, el poder saber de mi hermano y el encontrarlo apenas un día después de haberlo  solicitado eran situaciones difíciles, paranormales. De alguna manera alguien nos compensaba el daño, el dolor, la soledad. Hablamos, nos tocamos. Mi hermano hacía como si estuviera reparando la máquina, no levantamos sospecha, con sólo sentir su piel me transmitió todo el pesar que tenía, su rostro emanaba amor, se sentía solo, nos daba a todas por muertas y este reencuentro tanto para él como para mí fue una inyección de ánimos, de esperanzas. Sabía del fin de mi madre y de los nuestros, preguntó por mi hermanita Dora, le dije que estaba bien que estaba en el campo en otro bloque, pero que se encontraba sana y salva.

 

Hicimos arreglos y un mes después, nos encontramos los tres hermanos juntos, ésto si que fue otro verdadero milagro. Dios nos compensaba un poco nuestro dolor. Nuestros corazones estaban henchidos de gozo. La despedida que nunca tuvimos con nuestra madre, nos dejó un vacío, el encuentro con mis hermanos lo puedo describir como la llegada al cielo, respirábamos una paz espiritual indescriptible, pocas fueron las palabras que emitimos, pero mucho los sentimientos que irradiamos y más los recuerdos gratos que por siempre quedan grabados en mi mente.

 

Por disposición de una nueva capo, me sacan de la costura, me encargan el trabajo de separar las ropas. En una barraca de las más grandes, tenían toda la ropa de los prisioneros, ésta era minuciosamente chequeada por si tenía prendas de valor escondido o dinero. De haber algo era inmediatamente entregado a los capos y éstos a su vez a los alemanes. Imagínense montañas y montañas de todo tipo de ropa, abrigos, faldas, vestidos, blusas, los zapatos, las carteras, las maletas y los bolsos los tenían en otro bloque, era algo monstruoso, maligno, impresionante, si nos ponemos a pensar que ese bloque sólo tenía las ropas de las mujeres y de los niños y si cada ropita significaba la pérdida de un niño o niña, a la vez que cada falda representaba a una madre sacrificada en aras de nada, de un desenfreno de un castigo   injusto. Si lo logran imaginar, lloraran como lo hice yo antes cuando lo vi por primera vez y ahora al recordarlo. Cientos de miles de personas estaban representadas por sus ropas, cientos de miles de judíos ya no estarían más para cuidar a sus seres queridos. Esto es cuando magnifico lo que vi, cuando matemáticamente calculamos con cifras, pero cuando detallamos, cuando nos reducimos a nuestro pequeño mundo, las cosas se agravan, vemos a los demás y nos olvidamos de los nuestros. Pensé en cada momento encontrar las ropas de mi madre, siempre temí que pudiera suceder, pero la suerte me acompañó, nunca la encontré. Sufrí algo menos.

 

Indiscutiblemente que la suerte fue el factor clave para la mayoría de los sobrevivientes, el vivir un día más o ser seleccionado para la muerte ese mismo día era algo que sólo decidían los alemanes. Pero el estar en mejores o peores condiciones por falta de alimentación, a veces dependía de la astucia y el atrevimiento de los presos. En el bloque, yo, era la líder, todas me respetaban, todas me hacían caso y de alguna manera me convertí para muchas de ellas como la madre que no tenían.

 

Cuando comencé a traerles comida, me endiosaron, pero la verdad es que mucho antes de que esto pasara, las mujeres ya me querían, ahora me adoraban. No se olviden que luego de un día de trabajo de esclavos, se requiere de una dosis de alimentos extra, para poder al otro día poseer la energía necesaria para poder volver a reventarse trabajando. En el campo no creían en esta ley de compensación, ellos la resolvían eliminando al debilitado y sustituyéndolo por uno nuevo, para ellos eso era mucho más simple y por supuesto además de barato esos eran sus fines. Acabar con   nosotros.

 

Mi trabajo de costura me dio cierta popularidad dentro del campo con las alemanas. Estas algunas veces se hacían la vista gorda, me permitían pequeñas cosas. Pero en una oportunidad muy triste para mí, ahora me doy cuenta que sí me daban un trato deferente, que de alguna manera había dejado de ser para ellas un objeto, fue todo lo contrario, por no perjudicarme se expusieron. De nuevo nos damos cuenta que la dedicación que nuestros padres tuvieron con nosotros siempre a la larga recompensa con creces los esfuerzos. La paciencia de mi madre al enseñarme a coser en tiempos en que cada segundo perdido para ella era de vital importancia, logró de nuevo salvar mi vida. Nunca te lo pude decir, pero hoy, que escribo para la eternidad, quiero dejar constancia de mi personal agradecimiento y de las muchas mujeres griegas que gracias a ti, madre, lograron salvarse.

 

Un día me entero sin querer por boca de una alemana, que iban a poner en la tarde la orden del Bloque Spere, (toque de queda) tenían a 5.000 muchachas griegas en el bloque 14 y las iban a llevar al crematorio. Inmediatamente pensé en mi hermana Dora. Mi instinto me decía que ella sería una de ellas. A sabiendas que durante el toque de queda no se podía salir de los bloques, a riesgo de ser fusilada por las alemanas que estaban en las torretas de vigilancia, algo de lo que en repetidas oportunidades fui testigo. Tomé una decisión, no quería seguir viviendo sola, si ella moriría ese día, yo también. Acababan de darnos nuestra porción de comida para la cena, aún la mantenía sin comerla y me propuse primero que nada dársela a mi hermana que seguramente la necesitaba más que yo. Me despedí rápidamente de mis compañeras, todas me pidieron que no lo hiciera, pero ya mi decisión había sido tomada, salí y detrás de mí una de las muchachas en demostración de solidaridad, me acompañó.

 

Al llegar a la primera torreta de vigilancia, la que estaba de guardia me gritó que me devolviera a mi bloque que de no hacerlo me dispararía, a todo pulmón le dije que iba a ver a mi hermana al bloque 14, que la iban a matar y que quería morir con ella. Viendo que mi decisión de continuar no cambiaría, y por haberme reconocido desde el primer momento, no quiso responsabilizarse con mi muerte, habiéndome tratado, de alguna manera, me consideraba conocida, no quiso mancharse, ni sus manos ni su mente con mi muerte. Me dejó pasar, pero me advirtió que en la próxima torreta de vigilancia, no se me permitiría seguir con vida, me decía que la otra sí me dispararía a matar. Pasé una,   otra y otra torreta, ninguna gracias a Dios y a mi madre, nos disparó, logré llegar  hasta el bloque 14. Al irme acercando sentí los llantos, los quejidos, se respiraba dolor.

 

No creo que puedan imaginarse el cuadro, cinco mil jóvenes muchachas, a sabiendas que esa noche serían asesinadas. Cinco mil seres humanos con sus angustias, imposibilitadas de hacer o de decir cualquier cosa. Ninguna tuvo el tiempo, ni la oportunidad de poder despedirse de sus pocos seres queridos que aún les quedaban vivos. Ninguna podría transmitir al mundo su historia, ninguna gestaría   una nueva vida, ninguna recibiría un simple consuelo en un momento tan fuerte y delicado como el que les tocaba vivir. Al acercarme un poco más, las veo a través de la ventana, todas estaban completamente desnudas, éste era el método para hacerlas sentir con vergüenza, para evitar que trataran de escaparse y por supuesto para que no tuvieran medios de combatir el frío. Un método masoquista, infernal, infrahumano y desquiciado.

 

Comencé a llamarla, grité su nombre repetidas veces, parecía una especie de eco, la muchachas me ayudaban en la búsqueda de mi hermana, ellas también gritaron su nombre. Dora no aparecía, eran momentos de nervios, mi cuerpo se retorcía de angustia. Eran tantas las mujeres en el bloque, que para poder llegar a la puerta, Dora tuvo que saltar entre ellas, las otras la ayudaban para que pudiera acercarse, todas se quejaban como si de mi dependiese el que las liberaran o quién sabe qué.

 

Por fin luego de unos minutos que parecían interminables, la veo, ella se cubría sus partes, su desnudez la avergonzaba, su cuerpo estaba marchito por la falta de alimentación, no era ni la estampa de lo fue, en verdad Birkenau acababa con las personas mucho antes de matarlas. Lo primero que me preguntó mi hermana fue Alegre, "¿por qué viniste?". le dije que de morir, moriríamos ambas, me dijo: "¡tú, no morirás!, vivirás para contarle a la gente, lo que nos hicieron". Con lágrimas en los ojos me acerqué a ella, le ofrecí mi ración de comida, que llevaba aún sin probar, me dijo, "no, a mi no me servirá para nada, tu sí la vas a necesitar, tu debes de vivir", me mandó besos, rezó por mí y me pidió que velara por nuestro hermano Gabriel.

 

El tiempo que pasamos juntas quizás fueron de unos escasos minutos, pero los sentí como toda una eternidad, estábamos rodeadas de miles de muchachas, nos vigilaban las alemanas, me acompañaba la muchacha griega que se me unió en el momento en que decidí arriesgarme, acabar con el suplicio. pero con todo y eso, nos sentimos solas, acompañadas, pero solas, daba la impresión de que éramos las únicas en el mundo. Nada ni nadie podría estropear nuestra despedida. Luego de verla, de hablar con ella y siguiendo sus consejos, me sentí mejor, me di plena cuenta que nuestra familia entera no podría desaparecer sin tratar de sobrevivir, mi madre no había luchado tanto en la vida como para que yo me rindiese tan fácilmente. Con gran dolor, sabiéndome satisfecha de haber tratado y logrado en encontrar a mi hermana, viendo que mi destino de alguna manera no me había signado ese día como el día final, me regresé con mi amiga a nuestro bloque. Sé que muchos de los que estuvieron en Birkenau pondrán en duda lo que les acabo de contar, pero mi edad, el tema y el momento de mi vida en que me encuentro son testigos de lo que digo. Es más, ese mismo día, de la misma manera en que nos fue permitido tácitamente el paso hasta el bloque 14, tal cual pudimos retornar a mi bloque el número 26.

 

Como ya les dije, cosas increíbles, nos pasaron dentro del campo, unas tras otras, pero debo de mencionarles que al otro día de estar con mi hermana, yendo a trabajar, con un pesar y un dolor inimaginable, toda compungida, veo pasar a un camión lleno de mujeres, luego otro y otro y al detallar, veo a mi hermana, la llevaban para los crematorios. Alguien quería hacerme sentir con más fuerza mi impotencia, la imaginación de lo que le pudiera pasar, ya no era suficiente, debía de verla en su ruta final a la muerte.

 

Lloré, le pedí a Dios por ella, le supliqué que no sintiera dolor. Mientras tanto, me sentí sola, desamparada. Hoy me consuela, que al haberle hecho caso y al no rendirme, logré formar una familia. Veo descendientes, a mi hijo y a mis nietos, sé que vendrán generaciones futuras. La raíz seré yo, pero la voluntad, el deseo de vivir y el amor se lo deberán a mi querida e inolvidable hermanita Dora.

 

La llamada vida era sumamente fuerte, a las tres de la madrugada nos hacían levantar. Debíamos de estar firmes para el momento del Appel (la cuenta) que era a eso de las cinco de la mañana. En invierno era todo un martirio. La cama, era una litera de dos pisos que compartíamos con otras tres personas más, dormíamos cruzadas, dos hacia una posición y las otras dos a la posición contraria. Cuando los alemanes se comenzaron a ver perdidos, trataron de borrar toda huella, de acabar rápidamente con los testigos. Los hornos trabajaron siempre las 24 horas, pero las mangas de humo si denotaban diferencias. Las alturas a que llegaban últimamente, no la había visto nunca. Y en concordancia con esto, últimamente con la cantidad de nuevas presas, nos obligaron a compartir con diez mujeres más nuestras literas, la expresión que más se ajusta a esta descripción es la de que parecíamos sardinas en lata. Cuando alguna quería cambiar de posición durante la noche, todas, debíamos de despertarnos y ponernos de acuerdo, de que   hacia que lado giraríamos. Daba la impresión de que estuviéramos acompasadas.

 

Comienzos de abril de 1.945, los rusos en el desmoronamiento de las fuerzas alemanas, arremeten poco a poco en suelo Polaco, se vislumbran rayos de libertad, se avizoran nuevos horizontes, se desencadena mi última desgracia personal el los campos de concentración. En la medida que se ven perdidos, los alemanes en su cobardía y conscientes de los crímenes cometidos, temiendo ser juzgados y sentenciados fácilmente por la cantidad de testigos dispuestos a denunciar, a declarar y tal vez a tomar venganza, deciden acabar con ellos.

 

 Mi hermano Gabriel, que había podido superar los tropiezos, las penurias y soportar los castigos además del dolor y del hambre, es fusilado con muchos otros judíos, para cubrir sus espaldas, para enterrar su temor. Ahora, si que ya no me quedaba nadie en el campo, me los había exterminado a todos, ¿que sería de mí? Pensar en libertad a corto plazo, no veía futuro, no me imaginaba que podría hacer. Lloré por Gabriel, había llegado tan lejos, había pasado tanto, y ahora que por fin se acercaban los que nos podrían liberar, por ese mismo motivo y por lo que supuestamente debería de disfrutar de libertad, le tocó morir,   analicé las injusticias de la vida y lloré por mí.

 

Una noche en Birkenau, nos reúnen en la plaza grande, 4 valientes muchachas había metido municiones y se las lograron pasar a los hombres. Esa noche volaron uno de los crematorios. Como ejemplo las ahorcaron delante de nosotros. Pero para agravar más la situación, las personas que se encargaban de ahorcar a las jóvenes, eran judías, que tristeza, éramos nosotros, matándonos a nosotros mismos. Los alemanes gozaban con cosas como estas, nosotros sufríamos doblemente por los ajusticiados y los ajusticiadores.

 

En otra oportunidad una muchacha sencilla y con un aire de bondad muy especial le había caído bien a un soldado alemán, éste pensando en ayudarla, la vistió y en la noche la logró sacar del campo sin ser vistos, su intención fue de ayudarla a escapar de la muerte únicamente, apenas salieron, dicen que le dio dinero y la facilitó para su posterior fuga. Al echarla de menos en el momento del conteo en la mañana, se originó una verdadera casería en su contra. Los alemanes no descansaron hasta lograr apresarla, en pocas semanas fue apresada. La descubrieron en Bruselas. Cuando llegó al campo, la traían jalada por los pelos. Los alemanes nos demostraban su rabia y anunciaban su futura pena, su castigo decían, que sería   la mandarían al crematorio viva, para que sirviera de escarmiento. En el momento en que alardeaban de lo que le harían, la muchacha sacó  una hojilla de afeitar y se hizo un corte muy profundo en ambas manos, se desangró. No dejó que los alemanes se salieran con las suyas. Esto de alguna manera les molestó de una manera desproporcionada.

 

En el mes de octubre de 1.944 nos sacan de Birkenau, nos montan en trenes y por tres días con sus noches nos llevan a un nuevo destino. Sabemos que no habrá mejoras, el viaje fue apresurado, se sentía el desmoronamiento de los alemanes, nos llevaron sin darnos comida ni bebida. por fin llegamos a Alemania. No llevaron a un distrito, era un terreno muy grande, para describirlo mejor diría que estábamos en un desierto lleno de tiendas de campaña. Nos formaron en grupos de doscientas y nos metieron en las tiendas. Al otro día se desató un vendaval, se formó un tornado. Comenzó una lluvia infernal, después vientos descomunales. Acostadas todas en el suelo nos agarrábamos de las manos las unas a las otras. Nos dejaron sin comida por tres días consecutivos. Cuando se calmó el vendaval, aparecieron de nuevo los alemanes. Estábamos en Bergen Belsen.

 

En Bergen Belsen nos hacían dormir a 8 personas por literas, cuatro en cada piso. Teníamos un consuelo, no había crematorios, tampoco había trabajo, nos daban de beber, agua de rábano, de comer pan y una vez a la semana Shulague (los miércoles, una porción extra). Algunas de las alemanas tenían sus casitas alrededor del campo.  Les dije que yo sabía coser, le ofrecí   fabricarle lo que necesitase, una falda, una blusa, una cortina para su casa, en fin lo que ella requiriera, a cambio de un pedazo de pan. Puedo decirles que tuve mucha suerte, porque a la primera que le ofrecí mis servicios me lo aceptó, de no haberlo hecho, tal vez no me hubiera permitido seguir viviendo. La verdad es que lo pensé durante un tiempo antes de atreverme, pero basada en la coquetería femenina, la cual supuse igual en nuestro caso como en la de las alemanas, fue lo que me impulsó a hablarle. Además, hoy hablamos de corrupción como vocablo nuevo, no, no es verdad, en los años cuarenta, me salvé de la cárcel al negociar mi libertad por comida. Pero si vamos a los tiempos bíblicos encontramos que por un simple plato de habichuelas, un hermano le vendió al otro su primogenitura. Si es verdad que luego Esav se arrepintió y trató de matar a su hermano Isaac y que éste a su vez tuvo que escaparse y esconderse por muchos años. Pero la corrupción estaba ahí presente, al igual que en Bergen Belsen.

 

Terminada mi labor en la casa de la que le tocara el turno, tenía casi una especie de lista de a quién le cosería primero. Siempre recibí comida suficiente, la forma de tratarme dentro de su casa era otra, en verdad era tratada como una costurera, hasta un deje de respeto se notaba cuando me hablaban. El plato de comida que me daban luego de mi labor, no tenía nada que ver con el que recibía a la hora del almuerzo o luego en la merienda. Me sentía millonaria, volvía al campo y ese día era toda una fiesta, compartía con mis compañeras, todas griegas y judías, la comida, ésta ayudó en muchos casos a recuperar la salud de algunas.

 

Después de que la primera me permitió que le cosiera cosas para ella, las cosas fueron mucho más fáciles, las demás al enterarse, vinieron a solicitar mi trabajo, eso me permitió salir en algunas oportunidades del campo y pasarme el día entero en la casa de una o de otra de las soldados alemanes, cosiéndoles nuevas cortinas, o la ropa que se me exigiera. Los alemanes en bloque, o sea cuando están juntos con alguna orden específica, son una especie de máquina, adolecen de sentimientos, carecen de sensibilidad, pero a mí que me tocó estar en varias de las casas de ellas en Bergen Belsen, me consta que cuando se les permite convertirse   en seres pensantes, son de nuevo casi humanos.

 

15 de abril de 1.945, era un día domingo, iba a la toma de agua para recoger un  poco de agua, era como una especie de oasis en el desierto. De repente, veo unos tanques, me fijo y logro ver que son ingleses, suelto el cubo de agua y salgo corriendo a la parte interna del campo. Las mujeres al verme agitada y corriendo, me gritan ¿que te pasa? ¿que sucede?, le digo que los ingleses estaban dentro del campo, empezaron a llorar, todas pensaron   que estaba loca, se asustaron, temieron por su suministro de comida extra.

 

Entré y les expliqué que no me pasaba nada, que en verdad venían los ingleses, que la guerra estaba por terminar. Durante mi explicación un jeep con un oficial y con una enfermera, atravesó y entró en el campo, todas las mujeres salimos a ver la novedad. En eso los soldados que estaban en las torretas de vigilancia, empiezan a disparar y a matar a las pobres mujeres indefensas, no atacaron al jeep, la justicia seguía siendo ciega, al fuerte lo dejaron pasear irresponsablemente por todo el campo, la venganza era contra nosotras, esa mañana vi matar a miles de mujeres.

 

El inglés empezó a gritar luego de su incursión alocada y fue luego del costo de miles de vidas de inocentes que empezaron a hacer las cosas bien. Varios camiones llenos de soldados intervienen en el asalto e inmediatamente los alemanes se rinden, deponen sus armas y se rinden. Al otro día traen camiones y camiones con alemanes para que ellos se encarguen de cargar a los muertos. En ese momento, somos nosotros los que mandamos y los alemanes los que obedecen, la historia nos da unos días de disfrute, de venganza, nunca nos creímos que los hechos que vivimos podrían pasar. Los ingleses no permitían que tomáramos venganza, eran prisioneros, les ordenaban hacer los trabajos sucios, pero les protegían sus vidas.

 

Al igual que el primer oficial se equivocó al entrar al campo sin demostrar la fuerza que lo acompañaba, de la misma manera los demás oficiales que participaron en la liberación de Bergen Belsen también cometieron errores imperdonables y que costaron muchas vidas humanas. Su inexperiencia, su improvisación fueron causantes de miles de muertes. Se dice muy fácilmente, pero estamos hablando de seres humanos que había pasado años de penurias, en vez de gozar de una libertad bien merecida, fueron ayudados a morir por simple y pura negligencia. Luego de más de dos años de hambruna, los ingleses les dieron todo tipo de alimentos, de golosinas, a una gran mayoría los agarró una disentería y como moscas murieron.

 

Pasados tres o cuatro días de la liberación, los ingleses llegaron con muchos camiones y nos obligaron a subir a ellos rápidamente, se había enterado que el campo estaba dinamitado, sabían por los mismos alemanes que tenían presos que explotaría de un momento a otro. Así fue, explotó, de ahí nos llevaron a otro sitio, a las barracas en donde dormían los soldados y los oficiales alemanes, esto, ya era otra cosa. Permanecimos desde abril hasta mediados del mes de junio de 1.945.

 

Un oficial ingles, que hablaba francés, nos pregunta a cada una la nacionalidad y nos pide que le informemos a que país queremos retornar. Me toca pensar, ¿a Siria?, no tenía noticias de mi hermana, además, para mí era un país extraño con un idioma extraño y con una religión extraña, que podría yo hacer en esas condiciones. ¿a Grecia? a ¿Salónica?, toda mi familia había sido exterminada, todas nuestras propiedades nos había sido quitadas, todas nuestras amistades corrieron la misma o peor suerte que la nuestra, la decisión me   era muy difícil, opté por mi país, sabía el idioma, la idiosincrasia y por lo menos tenía experiencia que demostraba que podía ser capaz de auto mantenerme. Todo era incierto, todo era arriesgado, mi cuerpo debilitado al igual que mi mente, no me ayudaban. Decidí por lo mío, por lo conocido, le dije que quería ir a Salónica.

 

A las dos de la mañana nos informan que debíamos de partir las griegas esa misma madrugada, que iríamos vía Holanda y luego nos despacharían en barco a Grecia. Salimos ese mismo día, para eso los ingleses si sabían hacer honor a la puntualidad, nada los detuvo, nos despacharon como les había sido ordenado. En la vía a Holanda, nuestra parada fue Bruselas, donde estuvimos toda una semana y luego un mes en Holanda. Embarcamos, la travesía, los mareos, la llegada. No fue un recibimiento caluroso, llegamos en momentos en que Grecia estaba en una guerra civil. Recibí una carta de mi hermana diciendo que había recibido noticias mías, me convidaba a que me fuera a vivir con ella a Siria, la historia se repetía. Para ese entonces me había enamorado de Raúl, les escribí de mis planes, mi cuñado no había esperado respuesta a su carta, en el primer barco que venía de Siria se embarcó para recogerme, el llegó a Salónica un lunes, venía con la intención de llevarme con ellos, pero al no esperar por mi respuesta, no se pudo enterar que nosotros nos habíamos casado el día anterior a su llegada, así que luego de saludarnos, de preguntarme por cada uno de los nuestros y de felicitarnos por nuestra boda, se tuvo que regresar solo.

 

Nos casamos en Salónica, tuvimos un solo hijo. La situación en Grecia no mejoraba, los partisanos no le perdonaban a mi esposo el no aceptar las ideas comunistas. El Holocausto, no había sido suficiente, en nuestro país éramos perseguidos, ya no por judíos, sino por contrariar con sus ideas. Nos hartamos, no queríamos seguir viviendo en donde no nos sintiéramos a gusto, donde nuestro hijo no pudiera sentir orgullo el día de mañana. Hablamos con nuestro tío León Levy en Los Ángeles y éste nos ayudó con la documentación para poder ir a los Estados Unidos. Llegamos, nos establecimos, recibimos todo tipo de apoyo, pero mi esposo no logró adaptarse a la mentalidad americana, veníamos de un país donde el patriarcado era el eje motor de la familia, la bodega de la esquina se podía visitar a pié, las distancias jamás eran motivos como para evadir una reunión, una fiesta o simplemente una visita. Para mi esposo el cambio era demasiado, quería irse a vivir a Italia. Mi hermana Poline se había residenciado en Venezuela, con un océano de por medio, era muy difícil que nos volviéramos a ver. La guerra nos apartó por muchos años, la paz debería de unirnos. Hablé con Raúl y por tratar de complacerme se fue a Venezuela, a ver si se podría adaptar.

 

No había pasado ni treinta días de su llegada, ya nos mandó a buscar, Venezuela era para el un paraíso, estaba enamorado de su flora, de su fauna, de  la idiosincrasia de su gente, de la libertad, la seguridad, de todas las cosas y las gentes, además sabía que al vivir cerca de mi hermana me complacía y eso para él era sumamente importante. Raúl me acompañó en este país por más de 15 años, fueron años que compensaron con creces toda la tristeza de mi pasado. El día de su muerte, fue despedido por miles de personas, su corazón era tan grande que podía dar albergo a todo el que lo conociera, la manifestación de dolor que me expresaba la gente, era sincera. Raúl vivió y murió, donde el escogió.

 

Han pasado cuarenta y ocho años desde el día que fui liberada en Bergen Belsen, mi historia, no es ni pretendo que sea, la representativa del dolor, ni de la pérdida de familias. Sé de muchas otras mujeres que estuvieron con migo en los distintos campos de concentración y jamás podrán contar sus historias. Nunca quise ni siquiera contarle a mi hijo todo lo que pasamos, no quería herirlo. Sabía que lo haría sufrir por algo a lo cual él además de ajeno, no debería de involucrarse. Creí, que de no saber. no habría dolor. Pensé que lo que pasamos, no volvería a suceder y por lo tanto debería enterrarlo con mis muertos. Pero no, no podemos y no debemos olvidar. Resurgen generaciones con semillas infectadas por la maldad, la crueldad y las ansias de matar. Nuestra historia es patrimonio del pueblo judío, no me podría perdonar, el hacer eco sordo de las palabras de mi hermana Dora en la víspera de su muerte. "tu vivirás para contar la historia". Por ella, por mi madre, mi familia y por los que murieron durante los años negros de la guerra y de los alemanes, dejo esta historia como herencia al mundo.

                                                                                                                            FUENTE: ALEGRE CALDERON LEVY DE SAIAS

 

 

 

 

 

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