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SOBREVIVIENTES
TRUDY
Por
Samuel Akinin
Ya han pasado más de cincuenta años, sin embargo todo está
fresco en mi mente, hay cosas que jamás podré olvidar y
resucitar algo tan doloroso es difícil describir con
palabras, cómo puedo transmitir lo que significó para mi
como niña, el cambiar los cuentos de hada de mi madre por
la realidad de las cámaras de gas y de los hornos
crematorios. Cada uno de nosotros vive con su historia
personal que contar y la esperanza de que aprendamos con lo
acontecido.
Muchos nos tildaron de cobardes antes, durante y después de
la guerra, Cuán equivocados están. Fuimos valientes al
enfrentarnos a las atrocidades, aún y a sabiendas de la
poca esperanza de éxito. En varios países de Europa, sin
apoyo alguno, se organizaron grupos de resistencia judía,
tomando en cuenta que los pueblos de Europa ayudaban a los
nazis en la persecución, delación y en algunos casos hasta
en el exterminio de los judíos, cuando nos llegó el
momento, nuestros hermanos fueron a su muerte dignamente,
pero aquellos que se sentían los "superhombres" , los
alemanes, la SS, los verdugos, los que sé creían dueños del
mundo y de su gente, en cuanto se vieron perdidos al final
de la guerra, se arrastraban, lloraban, arrodillados
clamaban perdón y los más se ocultaban, se escondieron,
huyeron a otros pueblos lejanos donde con el dinero robado
compraron de la manera más vil una nueva identidad, la
protección y el silencio de algunos gobernantes corruptos.
Mi relato comienza en la ciudad de Kosice, una
pequeña ciudad de Checoslovaquia en la que nazco en el año
de 1.932 y catorce meses después mi hermano. Crecimos en un
ambiente judío ortodoxo, rodeados de amor y cariño por mis
padres y abuelos paternos. Luego del convenio de Munich se
reparte Checoslovaquia, y Kosice, es entregada a los
húngaros en el mes de septiembre de 1.938. Cierran el
negocio de mi padre y con apenas treinta y seis años de
edad, queda desempleado. Papá comienza a vislumbrar lo que
los alemanes tramaban y cada día nos alerta, nos hace pensar
en la posibilidad de perder nuestras vidas, de que nos
dispersen, de que nos lleven a campos de trabajo y también
nos habla de las cámaras de gas y de crematorios.
Nos habían ofrecido conseguir las visas para que toda la
familia emigrara a Panamá, mi padre fue a Praga a la sede de
la Embajada de Panamá donde debían entregarle las visas
con toda la documentación. Mientras tanto mamá preparaba las
maletas y estaba pendiente del aviso para partir. La suerte
nos abandonó, justo en esos días Hitler ocupó Praga y se nos
acabaron las oportunidades de emigrar. Como niños no se nos
informó del comienzo de la guerra, nos enteramos el día que
bombardearon nuestra ciudad, por la destrucción y por los
muertos que vimos. Luego comenzamos a ver alemanes por
doquiera que fuéramos.
En esa época empezaron a racionar la comida, en el colegio
nos enseñaban el uso de la máscara antigás, para aquel
entonces, la bomba de gas, era el arma más temida.
En el año de 1.940 empiezan a llevar a los hombres judíos a
Hungría a los campos de trabajo forzado. Algunas veces mi
madre acompañaba a mi padre al campo, solía sobornar a los
guardias y los dejaban regresar a la casa. Una noche del año
1.941 irrumpen en nuestro edificio soldados húngaros
preguntando por nuestros abuelos, los sacan de la cama, les
mandan empacar lo más necesario y se los llevan, sin dar
explicaciones. Fue a la mañana siguiente que nos enteramos
que aquella noche se habían llevado a Rusia a los judíos que
no eran húngaros por nacimiento y luego supimos que los
habían fusilado.
El día que me tocó ir al colegio en el año de 1.944 con la
"estrella amarilla", fue para mí algo terrible, me rehusaba
a salir a la calle marcada, mi madre me decía que era una
situación pasajera y por lo tanto debía de asistir a las
clases. En la ciudad de Kosice la población judía
representaba el 25 %, al llegar a la escuela nos sorprendió
el ver que de cada cuatro niños uno, llevaba puesta la
Maguen David. Ninguno de los compañeros de clases que desde
kindergarten nos conocían y con quienes habíamos jugado
siempre, nos volvió a hablar, ninguno compartió palabras de
aliento, de consuelo, cortaron de repente los lazos de
amistad. A nivel nacional se hizo un concurso de composición
con tema libre, los trabajos fueron presentados por números
y no con nombres, el primer premio lo gané yo. El Ministro
de Educación no me quiso entregar e l premio por ser judía,
se lo entregaron al que logró el segundo lugar.
Seis primos nuestros fueron escondidos por un tiempo en mi
casa, cuando mi padre intuyó que los húngaros entregarían
los judíos a los alemanes, les devolvimos mis primos a sus
padres. Una tarde sacaron las bancas de la Gran Sinagoga de
la ciudad, los optimistas aún pensaban que la necesitaban
como hospital.
La guerra se acercaba a su fin decía mi padre, quien a
escondidas escuchaba las noticias directas de Londres. Mi
madre estaba haciendo mercado por ser ese día viernes, mi
hermano y yo jugábamos en la cama, cuando irrumpieron en
nuestra casa dos SS alemanes junto con dos soldados húngaros
y le dijeron a papá que empezara a empacar lo más necesario,
que nos iban a llevar a otro lugar. Ellos preguntaron por
mamá y le dijimos que estaba en el mercado. El soldado
húngaro me ordenó que me vistiera y que rápidamente fuera a
buscar a mi mamá. Ellos tenían planificada por órdenes de
los alemanes, la expulsión de los judíos que vivíamos en
Hungría vía Alemania y su posterior exterminio. Este plan
se llevaba con una coordinación y orden, habían dividió a la
ciudad en zonas y venían casa por casa. Comenzaron en la
calle de la primera zona y por desgracia nuestra casa
estaba situada en ella, al otro día la calle segunda y así
sucesivamente. Mi hermanito, todo asustado comenzó a llorar
y pidió le permitieran acompañarme en la búsqueda de mi
mamá, fue el alemán el que accedió y fuimos corriendo al
mercado en su busca.
Recorrimos el mercado, estábamos sumamente agitados,
temblorosos pero al fin encontramos a nuestra madre, le
contamos lo que estaba sucediendo con nuestro padre y a
penas terminamos de contarle, nos agarró por las manos y nos
dirigíamos a la casa cuando en el camino nos encontramos con
un vecino que le extrañaron nuestros nervios y prisa. Luego
de enterado de los pormenores, trató de convencer a mi
madre de que por ninguna circunstancia regresara a mi casa,
que teniendo a sus dos hijos a salvo de las garras de los
alemanes, tenía que tratar de salvarse y salvarnos, que de
regresar, lo único seguro sería la muerte, mamá, no le hizo
caso pero estos minutos que duró la discusión cambiaron
nuestras vidas.
Tardamos un poco en llegar, y cuando al fin llegamos, nos
encontramos con mi padre que estaba bajando las escaleras de
nuestro edificio, al vernos juntos, nos hace señas para que
no nos detengamos, que sigamos de largo y a los pocos metros
nos alcanza y seguimos sin detenernos, aumentamos la
velocidad y en la primera esquina cruzamos a la izquierda,
seguimos de la forma más natural para que no se notara que
nos estábamos escapando y al fin logramos llegar en otra
zona a la casa de una prima. Pasado el susto papá nos contó
lo que había pasado, los alemanes le dijeron que tenía que
poner los muebles que teníamos en una sola habitación,
estos eran sumamente grandes y pesados, él solo no los podía
mover, los alemanes por no molestarse, le ordenaron que
buscara a otros vecinos para que lo ayudaran y era en ese
momento en que estaba bajando por ayuda cuando al vernos, se
le ocurrió la idea de escaparnos. De no haber discutido mi
madre con nuestro vecino, habríamos llegado antes a la casa,
y ya no nos hubiéramos podido escapar.
Debíamos salir de Kosice, los alemanes no nos perdonaban el
que por su culpa nos hubiéramos escapado, éramos presa fácil
de encontrar, por lo tanto al finalizar ese sábado
tendríamos que viajar y la ruta lógica era Slovaquia, donde
para esos tiempos existía cierta calma. Describo los hechos,
pero cómo se describen los sentimientos, el miedo, la
incertidumbre. Nuestros padres ansiosos por la llegada del
guía que nos haría pasar la frontera, yo en cambio, rezando
para que no llegara, los cuentos que había escuchado de lo
que les sucedía a los que trataban de pasar la frontera, los
alemanes con perros amaestrados para impedir que la gente
los evadiera me causaba tal pavor que desde entonces y hasta
el día de hoy le tengo un miedo terrible a los perros.
El plan de fuga era muy simple, el guardabosque de este lado
de la frontera en combinación con el guardabosque del otro
lado serían los encargados de ayudarnos por el precio
convenido. Nos disfrazamos de campesinos y nos dividimos en
tres grupos de a dos; mi mamá con mi hermano iban con el
guardabosques, yo iba con una señora que nos pidió la
lleváramos y mi papá con una vecina que se había unido a
nosotros. Salimos cada uno de los grupos por separados y
tomamos diferentes rutas, debíamos encontrarnos a las 2 de
la tarde en un punto determinado donde nos esperaría el otro
guardabosques. Acordamos que de perderse alguno, debía de
regresar a la casa de la prima. Mi padre y la vecina no
llegaban al lugar del encuentro, pasaron tres horas y
desesperado el guardabosque insistía que debíamos partir,
que lo más seguro era que los habían agarrado los alemanes,
y si demorábamos más perderíamos la cita con el otro
guardabosques y la posibilidad de escaparnos. Mi madre no
dudó ni un momento, ella no se marcharía sin su esposo, le
dijo al guardabosque que regresara a la casa de la prima y
viera si estaba mi padre, así fue, al llegar los encontró a
los dos, se habían perdido en el bosque y regresaron al
punto de partida. Cuando nuestro guía llegó de nuevo al
bosque con papá y la señora, la hora del encuentro en la
frontera había pasado y el señor no sabía que hacer con
nosotros.
Era de noche en el momento que el guía viendo que no
podíamos regresar, nos encamino unos metros dentro del
bosque cuando a lo lejos vimos una silueta que se nos
acercaba, temerosos nos quedamos inmóviles hasta descubrir
que era nuestro guía de la tarde quien había regresado por
nosotros. Nos contó que lo habían descubierto y puesto preso
los alemanes, que lo interrogaron porque ellos suponían lo
que estaba tratando de hacer, al no debilitarse en el
interrogatorio y sin pruebas, lo dejaron libre. Otra vez la
suerte nos acompañó, de haber llegado a tiempo a la cita,
los alemanes nos hubieran fusilado en el mismo sitio.
Casi de madrugada llegamos a la casa de mis tíos, no pudimos
quedarnos, pero nos dieron mucho dinero y papeles de
identificación falsos, fuimos a Bratislava, la capital de
Slovaquia, donde nadie nos conocía como judíos. Papá comenzó
a trabajar en una fábrica. Supimos de una vecindad muy
exclusiva y por lo tanto prohibida a los judíos, con
identificaciones falsas y con el dinero de los tíos,
logramos alquilar una casita y nos mudamos. Fueron varias
las noches que los alemanes vinieron pidiendo nuestras
identificaciones y al ver los papeles de gentiles se iban.
En una de estas incursiones nocturnas, un soldado alemán al
ver a mi hermanito tan asustado, le dijo: "muchachito, no
tengas miedo, no vinimos a llevarte, solamente vinimos a ver
quienes son" y cumpliendo la orden de sus superiores al píe
de la letra salió de nuestra casa. Pienso que fue un momento
raro de humanidad, o quizás no quiso cargar en su conciencia
con otro peso.
He vuelto a relatar hechos, pero ¿cómo describir lo que pasa
en la mente de un ser humano y en mi caso de una niña, que
durante varias semanas no puede, ni siquiera arrimarse a la
ventana, por miedo? ¿Cómo describir el sin vivir de que cada
vez que tocaban el timbre pensábamos era nuestro fin?. Una
noche se escuchan tiros cerca de nuestra casa, de repente
golpean duramente la puerta, eran varios SS, uno de ellos de
manera brusca le baja los pantaloncitos a mi hermanito,
descubre que somos judíos, nos mandan a vestir, nos llega el
momento a lo que durante todo éste tiempo teníamos miedo.
Nos enfrentamos a nuestra pesadilla, ahora es ya toda una
realidad. Afuera todo un camión repleto de gentes, de
jóvenes, ancianos y de niños, tenían reflejada la misma
angustia, el mismo miedo. Con ese método esa noche limpiaron
la vecindad de judíos. Durante dos días nos llevaron a un
campo dentro de la misma ciudad mientras recogían a más
judíos.
Al anotarnos en el libro de registros que ellos llevaban, se
percataron de que ese día era el cumpleaños de mi hermanito,
cumplía once años de edad, él de la manera más natural y
sincera, les contestó: "lo único que les pido es que nos
devuelvan la libertad a mi familia y a mi", con una
carcajada le respondieron los alemanes, no tenían la más
mínima intención de complacerlo. De ahí nos llevaron a otro
campo en Slovaquia llamado Szered, de donde salían los
transportes para Auschwitz. Este campo también era manejado
por alemanes. Éramos varios miles de judíos los que llegamos
a Szered, nos mandaron a poner en fila y lo primero que nos
advirtieron era que teníamos que entregarles todo lo de
valor, las joyas y sobre todo, el dinero. Los alemanes
sabían que la mayoría de los judíos poseían divisas y que
las usaban para tratar de salvar sus vidas. Nuestro dinero
lo teníamos mi hermano y yo, una parte la tenía en una
prenda íntima de mi ropa y la otra parte en una pelota de
trapo que mi hermano tenía como juguete.
Cuando los alemanes ordenaron que se les entregara todo lo
de valor, una pareja de edad avanzada salió de la fila, de
las hombreras de sus abrigos sacaron una faja de dólares y
se los entregaron. Apenas recibieron los dólares, tiraron a
los viejitos al suelo y los golpearon brutalmente, sin
misericordia; luego de esto, nadie les entregó nada. Una vez
que nos asignaron las barracas, mamá tomó la pelota de trapo
de mi hermano, y me llevó al baño. Allí asustada, sacó los
dólares que yo tenía como también los de la pelota, los
rompió en pedazos y los tiró por la poceta. Veíamos disipar
nuestras esperanzas de salvación, nuestras ilusiones de
poder salvar nuestras vidas. Ya resignados, para evitar
problemas, queríamos deshacernos del dinero, pero el agua no
bajaba, y los pedazos de los billetes flotaban. No podíamos
dejarlo así, mamá temía que los alemanes tomaran venganza
por este delito con toda la gente del campo. Recuerdo que
luchamos mi madre y yo bastante tiempo hasta que hicimos
desaparecer lo que para entonces era una fortuna y con la
desaparición del dinero, desapareció nuestra última
esperanza.
Aquella noche fue la primera vez que comía comida no kasher,
me rehusaba a comerla, mi padre insistió, nos explico que
debíamos de estar bien alimentados para poder subsistir y en
casos de necesidad todo era permitido, decía que todo era
cuestión de meses, que la guerra duraría pocos meses, y era
nuestra obligación el tratar de salvarnos. Después nos dijo
que lo más probable era que nos llevarían a Auschwitz, de
nuevo nos explicó lo de las cámara de gas. Para aquel
entonces teníamos, mi hermano 11 y yo 12 años, nos dijo que
los menores corrían el mismo riesgo de los ancianos, que
debíamos de mentir cuando nos preguntaran nuestras edades, a
mi hermano le instruyo para que dijera que tenía catorce
años y a mí, diez y seis, estas eran las edades en que
permitían que los niños comenzaran a trabajar y si pasábamos
esa prueba, tendríamos mas oportunidades de sobrevivir. Papá
nos contagio con sus enormes deseos de vivir, decía que
debíamos salvarnos para demostrar al mundo que somos un
pueblo fuerte, imposible de aniquilar.
Una mañana nos llevaron a la estación del ferrocarril, y nos
hicieron montar en vagones sin ventanas, solo con un hueco
para respirar de unos 50 centímetros por unos 30 de alto,
protegido con alambres de púas. Fueron los últimos días
donde toda la familia estuvo unida, papá nos cantaba algunas
canciones para romper el miedo que nos embargaba, juntos
recordábamos algunos eventos familiares y siempre nos
prometíamos que lucharíamos, que haríamos hasta lo imposible
para sobrevivir, esto lo tomamos casi como una obligación.
Cuando llegamos, no supimos en donde estábamos, a lo lejos
veíamos una puerta de hierro con un gran letrero que decía
en alemán, " El trabajo endulza la vida ", luego unos
alambres de púas y detrás, barracas de madera. Estábamos en
Birkenau. Bajamos de los vagones, cada unos con un paquete
pequeño sobre sus hombros, con hambre, con sed, pero sobre
todo, muy asustado. Al lado de los rieles del tren, los SS
con sus perros, gritaban para que nos pusiéramos en fila. A
la cabeza de la fila un SS alto con su mirada fija, con
guantes blancos, moviendo uno de sus dedos, indicaba por
donde debíamos pasar.
Cuando llegó mi turno, miré al SS, luego supe que era
Méngüele, preguntó mi edad, le contesté lo que mi papá me
había indicado, le dije tener diez y seis años. Como y era
alta y bien desarrollada, no lo dudo ni por un momento, me
mando a la fila de los demás adultos, los aptos para
trabajar. Con mi hermano fue diferente, al decirle que tenía
catorce años, Méngüele lo miró con su sonrisa cínica y
diabólica y le contestó: "aunque sé que mientes, pareces un
muchacho inteligente ", y también lo mandó para la fila de
los aptos para el trabajo. Ese día gracias a la sabiduría de
mi padre logramos ganar la primera batalla.
Separaron a los hombres de las mujeres, recuerdo como mi
papá se despidió de nosotros. En ese momento mamá le contó
que el soldado húngaro al cual papá le había pagado para que
nos trajera de vuelta de Rusia a nuestros abuelitos vivos,
nos había escrito diciendo que a su llegada ya los habían
fusilado, que no llegó a tiempo para salvarlos, fueron
momentos dramáticos, mi padre tenía la esperanza de que se
hubieran salvado sus padres, pero no, y por otro lado nos
tenía que abandonar solas a nuestra suerte. Sus últimas
palabras para mamá fueron: "nos volveremos a ver, si no en
este mundo, entonces en el venidero". Papá se fue con mi
hermano, los seguimos hasta donde la vista nos alcanzó. No
puedo describir los sentimientos de aquel momento. Hay que
tomar en cuenta que cuando llegamos a Birkenau ya estábamos
luchando por sobrevivir durante varios años una lucha muy
agotadora y aunque parecía como el final de un camino largo,
lo más duro, apenas empezaba.
Al día siguiente nos tatuaron. Cada una de nosotras recibió
un papelito con su número asignado. Al ver que el tatuaje lo
hacían con unas agujas muy largas y con muchos pinchazos,
comencé a llorar, el miedo a las agujas estuvo a punto de
costarme la vida, mi madre en una demostración de
inteligencia natural, cambió su número por el mío y ocupó mi
lugar, ella iba a ser tatuada primera que yo para darme
fuerzas, para animarme, por este motivo, nosotras dos
tenemos cambiados nuestros números asignados en el campo de
concentración.
Durante mi estadía en Birkenau y posteriormente en Auschwitz,
fui testigo de muchos actos de humanidad. Durante el Appel
(conteo en la mañana al salir del campo o en la tarde al
regresar al bloque), se conversaba, mi madre dijo el nombre
de su pueblo natal Kurima. Al día siguiente, una muchacha
pasaba en las filas y preguntaba que quién era de Kurima,
cuando mi mamá le contestó, le entregó un paquete y
enseguida desapareció. Al entrar en la barraca, abrimos el
paquete y encontramos un cepillo de dientes, jabón, un poco
de papel toilette y una lata de sardinas. Eran artículos de
absoluto lujo en Birkenau. Le dimos muy buen uso, pero fue
solamente en el año de 1.946 ya terminada la guerra, cuando
mamá despidiéndose de una prima que había sido trasladada a
la Embajada de Checoslovaquia en Washington, le contó de
vivencias dentro del campo, de la sorpresa del paquete
anónimo, ésta comenzó a reír, le dijo a mi madre que estando
ella en el campo había oído por medio de otra prisionera de
que había gente de su pueblo de Kurima, entonces me dije, si
son de Kurima o son de mi familia o por lo menos nos conoce,
y le mandé ese regalito, jamás imaginó que fuimos nosotras
las afortunadas en recibirlo. El destino nos hizo dos
jugadas, estuvimos juntas en el mismo campo sin vernos y
sin nos ayudamos sin saberlo.
Unos días más tarde, en uno de esos Appel, me separan
de mi mamá. Para mí, esto era ya lo último, siempre fui una
niña mimada, cuidada, protegida y a los escasos doce años de
edad, me encuentro en Birkenau, consciente de los peligros y
absolutamente sola. Al despedirme de ella la dejé
desconsolada, le dije que sería la última vez que me vería,
ya que sin su presencia, y en estas circunstancias, no me
importaría sobrevivir. Mi madre se alejó con el corazón
destrozado y con lágrimas en los ojos. En la noche me enteré
que a mi madre la llevarían a trabajos forzados en otro
campo, quise verla una vez más, quise reparar el daño que le
infringí en la tarde, y aunque había toque de queda, me
escapé de mi barraca con la intención de visitar a mi madre
por última vez. En mi carrera me agarró una capo y
por más que lloré para que me dejara ver a mi madre, la
mujer me golpeó brutalmente hasta que se cansó y apenas tuve
fuerzas para regresar después a mi barraca. La golpiza que
me dio esta mujer logró que por varios días mi cuerpo
adolorido mezclara ambas sensaciones y no me permitiera
reconocer cual de los daños me hacía llorar más, la
separación de mi madre o los golpes recibidos. La capo hizo
en mi lo poco que faltaba para convertirme de una sola vez,
de niña mimada a una mujer amargada. Su cara no la podré
olvidar jamás. Desde ese instante me tocó enfrentarme sola a
la vida y a la muerte.
Durante mi niñez mi mamá me enseñaba desde una acera de la
calle a una señora que me había amamantado al nacer. Nunca
conocí a la familia de ésta señora, pero aparentemente, ella
de la misma manera que mi mamá, también les enseñaba a sus
hijas a quién había amamantado. Una tarde en Birkenau se me
acercan dos adolescentes y me dicen: "somos hermanas de
leche, ya que hemos tomado la leche de la misma madre y por
lo tanto es nuestro deber ayudarte". Durante mucho tiempo
compartían conmigo la poca comida que tenían y me ayudaron
en todo lo que estaba a su alcance. Después de la guerra las
busqué para agradecerles lo que hicieron por mi, sin embargo
nunca llegué a encontrarlas. Sospecho que ellas no
sobrevivieron.
En Birkenau me asignaron el trabajo de tejer mechas para las
bombas. Nos asignaron cierta cantidad de metros que debíamos
hacer diariamente. Siendo yo niña, no podía cumplir con mis
metas. Por fortuna, mi capataz, también prisionero, pero
prisionero político, era un hombre muy humano, de origen
checo. me encubría con mi producción mientras el estuvo
nunca los alemanes se percataron de mis fallas en la
producción. Un día hablando con él, resultó que compartía
la barraca con mi papá. Al día siguiente, para mi gran
sorpresa, cuando nos trajeron la materia prima para el
trabajo, me encontré con que la persona que me la entregaba
era mi papá, el capataz tan bueno y noble lo había
arreglado, lo único que nos pidió que no demostráramos que
éramos padre e hija, más bien que aparentáramos una amistad
y nada más, porque de lo contrario lo perjudicaría a él
enormemente. Fueron varias semanas, dos veces al día podía
ver a mi padre, pasaba algunos minutos con él, me hizo más
llevadera mi estadía en Birkenau. Mi padre me preguntaba
mucho por mi mamá y yo por mi hermano. Papá me contó que mi
hermano se había enfermado de escarlatina, que lo habían
llevado a la enfermería, pero no sabía nada más de él. Los
ratos que pasé con mi padre, llenan el vacío que a veces
tengo en la vida, sus consejos, su paciencia, su madurez y
entereza enriquecieron mi espíritu, alegraron mi vida y
renovaron mi fe, pero como todo lo bueno esto tampoco duró
mucho tiempo.
Un día me cambiaron al capataz, mi papá ya no volvió más con
la materia prima. Este trabajo se lo asignaron a otra
persona, ya no tenía a quién preguntar qué pasó. Una tarde
se aclararon mis dudas, de lejos lo vi en una fila de
hombres marchando, y entre ellos ahí estaba mi papá. Los
llevaban a otro campo, ésta fue la última vez que lo vi.
Recibí su mensaje de despedida con su mirada, sin palabras
pero con un gran sentimiento lleno de amor, desde lejos y
para siempre nos despedimos.
Con el nuevo capataz, las cosas cambiaron, éste era
sumamente estricto, carecía de sentimientos, no fue capaz de
protegerme aún a sabiendas de mi corta edad, no dudó en
denunciar mi poca capacidad de trabajo. Los alemanes me
castigaron, al día siguiente me pusieron en un "Straf Appel"
(una fila de castigo), comenzó mi castigo a las cuatro de
la madrugada y duró hasta las siete de la noche, fueron
horas de sufrimiento, fuimos varios los castigado por
distintos motivos. En pleno invierno, dentro de la nieve,
con un frío insoportable, estuvimos parados quince horas,
algunos se congelaron y no sobrevivieron el castigo. A las
siete de la noche sentía dolores muy fuertes en los pies,
pero de ver a otros congelados, me sentí contenta de que
podía regresar a la barraca para acostarme. Toda la noche la
pasé llorando, los dolores eran insoportables. En la mañana
ambas piernas las tenía muy hinchadas, estaban negras hasta
las rodillas, llenas de ampollas grandes. Por ser día de
Navidad, me dejaron todo el día acostada, y solamente al día
siguiente me llevaron a lo que ellos llamaron "hospital".
Para entonces, ya el frente Ruso estaba muy cerca de
Auschwitz y se escuchaban cañonazos día y noche. Los
alemanes se estaban preparando para huir, pero eso sí, no
iban a dejar huella de los crematorios ni de las cámaras de
gas. Con mis pies congelados, no podía dar paso alguno, me
quedé en el "hospital" y un día vi a un niño asomarse por
cada una de las literas, algo estaba buscando, su
desesperación iba en aumento, no era algo, era a alguien, vi
su tristeza y al mirarlo mejor, me di cuenta de que era mi
hermano. Se había curado de la escarlatina y le habían
informado de que yo estaba en Birkenau, el me había estado
buscando por varias semanas. Al llamarlo por su nombre se
sorprendió de tal manera, que aunque nos separaba una
pequeña pared de unos cuarenta centímetros, no se dio
cuenta, me contestó: "ahora, que por fin te he encontrado,
mira, esta pared tan alta y tan grande que no puedo llegar
hasta ti". Lo tranquilicé y le dije que, con solamente
levantar sus piernas, ya estaría conmigo. Se me acercó, me
abrazó y me besó, sacó de su bolsillo una remolacha y me la
dio, una remolacha en Birkenau, era un manjar.
Llorábamos de emoción, pero mi hermano no pudo quedarse
mucho tiempo, tenía que regresar a su trabajo. Antes de irse
me preguntó si quería algo más, porque ahora que por fin me
encontró, vendría a verme cada día, ya que su trabajo lo
hacía en el lugar donde yo me encontraba. Le pedí vendas
para mis pies enfermos, nos despedimos con la esperanza de
vernos al día siguiente. No lo volví a ver si no seis meses
después de finalizada la guerra, en nuestra casa.
Aquella noche del día diez y ocho de enero de 1.945 los
alemanes decidieron abandonar Birkenau y Auschwitz, se
llevaban a los prisioneros que todavía podían caminar. La
misma noche quemaron el crematorio, la cámara de gas y los
archivos. A los que nos quedamos nos advirtieron que nos
matarían, ya que no tenían intenciones de dejar testigos
vivos. Una prima de mi mamá, al ver que yo estaba decidida a
quedarme, me suplicó que hiciera el intento y que me fuera
con ellos. Cuando le mostré que no podía ni siquiera
pararme, se puso a llorar, no sabía como se enfrentaría un
día a mi mamá para explicarle que me dejó en un lugar donde
la muerte inmediata era segura. Esta prima, no sobrevivió la
guerra, y yo, sí.
Nunca olvidaré esa noche, los alemanes abandonaron Birkenau
y dejaron todo el campo ardiendo. Los que pudieron, salieron
de las barracas, porque estas eran de madera y de un momento
a otro se podrían incendiar. Yo me quedé sola en la barraca,
no me podía mover, al ver el fuego a mi alrededor, me
asusté, pero como se dice en hebreo, "Ein Brerá". Yo no me
podía mover. Felizmente, el fuego no llegó a mi barraca y en
la mañana los judíos sobrevivientes, regresaron a las suyas.
De esta manera nos quedamos solos durante cuatro días. Los
alemanes, huyeron, pero los rusos no llegaban. Los que
podían moverse, salían a buscar alguna comida, y cuando
encontraban algo, lo repartían. Al quinto día regresaron los
alemanes, más brutales que nunca. Volvieron a insistir en
que nos matarían, pero por suerte no tuvieron el tiempo para
ello.
Sábado 27 de enero de 1.945, de nuevo esa mañana nos
encontramos solo, los alemanes volvieron a huir durante la
noche. Una de las mujeres que fue en busca de comida,
regresó temblorosa diciendo que había visto a dos soldados
rusos medio escondidos dentro del campo. Al principio no le
queríamos creer, aunque nos dimos cuenta que había demasiada
calma. Nadie se atrevía a salir de las barracas, esperaban
a ver que pasaba. Esa noche llegaron muchos soldado rusos
ellos estaban borrachos, tenían bastante para beber, pero no
tenían comida. Nadie pudo dormir esa noche, el miedo a los
borrachos y a los tiros nos lo impedían. El domingo 28
llegaron los oficiales rusos, nos informaron que nos estaban
liberando. Los que podían salían en busca de comida, yo
simplemente esperaba que alguno se apiadara de mi y me
trajera algo, y así, se me acercó un señor con la bondad
reflejada en su rostro, este señor también era un
sobreviviente, un famoso médico traumatólogo de Berlín, ya
no me dejó sola, no se aparto más de mi lado.
Los rusos, al darse cuenta del abandono en que nos
encontrábamos, nos llevaron de Birkenau a Auschwitz, tenía
mejores condiciones, las barracas eran de ladrillos y era
más fácil mantenerlas limpias. Yo me quedé en Auschwitz
hasta el día 2 de mayo del mismo año. Durante ese tiempo los
rusos filmaron a los supervivientes de Auschwitz. Me dicen
que esta película la exhiben en el Museo de Auschwitz.
El médico que me atendió en Auschwitz, tuvo toda la
paciencia del mundo, su deseo, llegaba a poder verme sentada
en una cama, cuán feliz estaría hoy si pudiera verme
caminar. En Rumania me hicieron otra operación muy dolorosa,
desde ahí escribí a mi casa para ver si alguien me
contestaba. Algunas semanas más tarde recibí contestación de
una tía mía, en ella me decía que no tenía noticias de los
míos, pero que esperaba que llegaran de un momento a otro.
Con un señor que vivía en mi pueblo, emprendí el viaje de
retorno, un viaje de diez y ocho horas, y nos duró siete
días. Al fin a las dos de la tarde llegamos a la puerta de
mi hogar, tocamos la puerta y nos recibió una hermana de mi
mamá. Ella con su esposo y su hijo sobrevivieron la guerra
escondidos en Budapest y se vinieron a nuestra casa, punto
de encuentro de toda la familia luego de la guerra, por
instrucciones de mi padre. Ellos eran los únicos que habían
regresado. La alegría de mi tía era enorme. Cuando llegué a
mi casa, pesaba veintidós kilos, fue mi tía quién se ocupó
de alimentarme para que me recuperara, no era tarea fácil,
ya que la comida escaseaba. Mi tía iba temprano todas las
mañanas a los pueblos cercanos a nuestra ciudad y compraba
lo que conseguía. Al comienzo me alimentaba solamente con
sopas, ya que tenía miedo que me hiciera daño cualquier cosa
sólida.
Enferma, recién operada, sin mis padres sin mi hermano, caí
en una gran depresión, más aún cuando una noche esperando
la llegada de mi padre en el tren luego de un aviso de un
amigo, el que llegó, se le parecía bastante, pero no lo era.
Por días me quedé encerrada en mi cuarto sin querer hablar
con nadie. Unos días después un señor me dijo que había
visto a mi hermano en Budapest, que no tenía intenciones de
regresar al pueblo, que el sabía a toda su familia muerta y
no le interesaba volver a ver la casa, que le daba mucho
dolor y no justificaba el viaje. De nuevo otra prueba, mi
hermano con vida, pero rumbo a Israel, o los Estados Unidos,
y yo enferma imposibilitada de caminar, sin conocer el
paradero exacto y sin medios de comunicación con que
localizarlo, la suerte me deparaba una vejez invalida y
sola.
Pero algo lo hizo cambiar de opinión, vino hasta nuestra
casa en Kosice y ahí comenzó su desespero. Mi madre era
amante de las flores, jamás hubiera permitido que la maleza
tupiera el jardín de su balcón, en ese momento cuando mi
hermano parado en frente de nuestro edificio levantó la
vista, todo era maleza, no había flores, fue fácil para él
entender que la casa estaba deshabitada, dio un giro y
regresó a la estación del tren. Su pena y su dolor no le
permitían ver su hogar vacío, el miedo enorme del fantasma
del recuerdo era sumamente poderoso como para enfrentarlo
solo. En la mitad del camino reconoció al conserje de
nuestro edificio, se le acercó, lo saludó, éste, no lo
reconoció, mi hermano luego del tifus había quedado
completamente calvo; la lozanía de su piel, la frescura de
su infancia se había perdido. Mi hermano le dijo de sus
planes, el conserje notó que no nos había visto, lo detuvo y
le informo de que si estaba viva, que cada día suspiraba
por su regreso, que me daría una gran alegría con su
presencia. De la mano me lo trajo y ahí comenzó mi cambio,
ya no me sentía sola, estábamos el uno para el otro. En
nosotros comenzó a revivir la esperanza de que alguno de los
nuestros pudiera estar vivo.
Pasaron tres semanas, era un jueves en la tarde, recibimos
un telegrama decía: "Llego mañana en la tarde" firmado,
Frida. En la casa todo era confusión, le pregunté a mi tía
si en nuestra familia había otra Frida, ella me decía que
no, que sin lugar a dudas era mi madre, que me quedara
tranquila, pero al igual que me pasó con mi padre que lo
esperé en la estación y el que llegó no era él, mi temor
para con mi madre era mucho mayor. Ese día viernes,
preparamos la cena y la esperamos. Mi tío regresó de la
sinagoga y esperamos sin cenar esa noche. El sábado en la
mañana tocaron a la puerta y al abrirla ahí estaba parada,
era mi madre, estaba viva, su bondad, su amor, y su dulzura
para con nosotros no había cambiado.
Como describir el reencuentro de una madre con sus hijos
luego del infierno nazi, como explicarles los sentimientos,
las emociones. Lo único que puedo decirles que fue de tal
magnitud que ese día a mi tía le dio un infarto y luego de
un año murió, ella también fue una víctima de los nazis.
Mi madre nos preguntaba constantemente lo que nos había
pasado en los campos, ni mi hermano ni yo, teníamos
intención de contarle, sabíamos todo lo que ella había
sufrido y no queríamos darle mas sufrimientos contándole los
pormenores de nuestras vidas durante el lapso en que
estuvimos separados. Una de las pocas cosas que le dije, fue
de la paliza que me dio la capo, la noche que traté
de despedirme de ella, le hablé de los días que pasé
adolorida por sus golpes y por mi soledad.
Mi madre, luego del sufrimiento de los campos de
concentración y demás, tuvo que enfrentar una nueva
realidad, cuidar de una hermana enferma y de dos niños
menores sola. Mi médico recomendó que me llevaran a vivir a
la montaña, que el clima, me abriría el apetito y ayudaría a
mi recuperación. Una organización judía que se ocupaba de
ayudar a los sobrevivientes, nos envió a las montañas. Pero
en este gran mundo, suceden cosas que nos hacen pensar en
lo pequeño que es. Una tarde en la montaña en una mesa a
nuestro lado, reconocí a la capo que me golpeó, mi
madre quería denunciarla, no se lo permití, le dije: que su
consciencia sería su mejor castigo.
Mi padre tenía un gran amigo, hermano de campo, juntos
trataron de escaparse cuando los alemanes empezaron a huir,
llegaron a una cueva con capacidad para cuatro personas y
encontraron a siete adentro, papá los conocía, éstos
ofrecieron un puesto para mi padre, pero en verdad no cabían
dos. Mi padre era un hombre justo, y responsable de su
familia, los lazos de amistad que lo habían unido a su
compañero, eran casi como lazos de sangre, jamás lo dejaría
abandonado, siguieron los dos en su camino por el bosque.
Los alemanes huyendo en su retirada, sabiéndolos desarmados,
los fusilaron a escasos metros de la cueva en la que no se
ocultó. Los otros siete judíos sobrevivieron.
Hitler y los que lo rodearon, se suicidaron. Otros se
escondieron, cambiaron sus identidades. No tuvieron el valor
de enfrentarse ni a la historia ni a la justicia. Nosotros
los sobrevivientes, sin embargo, seguimos y seguiremos
escribiendo historia..
FUENTE: TRUDY SPIRA
Samuel Akinin Levy
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