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EL Grupo de los Diecinueve Jóvenes y la Primer Puerta
Novela mezcla de fantasía con realidad, de la tercera edición (Continuación.)

Autor: Javier R. Cinacchi

Copyright © Javier R. Cinacchi, 2007-2011

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente  prohibida, sin autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total mediante cualquier medio de esta obra. Toda coincidencia con alguna persona real es pura casualidad.

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Cristian se pone en pie, mira y señala hacia los árboles, aunque en realidad lo hace más allá de ellos; donde los demás no alcanzaban a ver, él observa. Comienza a recitar con voz fuerte en poesía:

Se acerca alguien fuerte,

con cuatro lobos negros

de grandes afilados dientes;

mezcla son, de lobo y perro.

Su pelaje es brilloso,

sus ojos reflejan luz.

¡Y están corriendo!

¡Por allí vienen rápido!


 

El silencio los envuelve, las luces de los autos son menguadas por Juan. La vegetación y los arboles haciendo murmullos de ruiditos los rodean intentándolos esconder aún más. Todo fuego provocado por Marcos cesa. Los jóvenes se refugian de lo desconocido en la oscuridad. La adrenalina comienza a hacer su efecto, entre el pequeño temeroso grupo.

¿Enserio? ¿Viene alguien que cuida? ¿Vienen extraños a atacarnos o a ver que pasa? —Murmura Marcos.

Cristian responde en voz baja—:

Salieron cinco personas,

de un ovalo de luz intensa;

quedó una sola de ellas,

y cuatro perro-lobos nos rodean.

Vuelen y esperen… —Susurra Sonia.

Se alejan los murciélagos hacia arriba (ya eran como diez), la liebre se esconde entre las raíces levantadas de un árbol y se escucha gruñir y moverse los perro-lobos.

Los jóvenes amigos, colocan sus espaldas hacia el centro, observando hacia su alrededor, tan solo ven vegetación, salvo Cristian. Comienza más y más a encerrarse ésta, intentando ser un muro de tonos verdes, grises y negros entrelazados. Marcos hace fuego entre sus manos, sin que este lo toque, el mismo fuego brilla en sus ojos e ilumina en la cúpula de vegetación.

 
 

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Carla hace que una rama golpee a un perro-lobo que comenzaba a rajuñar con sus uñas y morder un árbol. Otro, feroz salta para adentrarse por la vegetación cuando otra rama lo golpea, repeliéndolo con un fuerte golpe. Los árboles están agitados.

Así Carla intenta ahuyentar a los perro-lobos. No puede centrarse en los cuatro al mismo tiempo. A estos se los escucha lanzar pequeños gemidos cuando son golpeados por ramas, o enredadas sus patas por raíces.

Uno consigue pasar. Juan da un salto, se coloca en diagonal a él preparando sus puños para intentar pegarle en su hocico. Pero Sonia moviéndose como si fuera loba, se detiene mirándolo fijo, frente a frente. El perro-lobo era más grande que ella, si no logra dominarlo, estará perdida. Juan queda con sus espaldas al lado de Marcos; concentrado levanta cuanta piedra encuentra como estaba haciendo antes con su amigo, quien las vuelve rocas incandescentes de fuego. Estas flotan delante de ellos, suspendidas en el aire a la espera de impactar.

Otro perro-lobo logra, aunque magullado atravesar la vegetación, está en frente de Mateos, Cristian, y Mónica. Mateos grita:

¡Acá!

Las piedras de fuego intentan golpear contra este perro-lobo, solo una logra golpearle en el lomo. Esquiva y se abalanza sobre Mónica. Mónica cruza sus brazos aguardando los filosos colmillos los atraviesen y dañen, pero el perro-lobo rebota a medio metro de ella. Golpeado por las piedras de fuego, comienza a alejarse.

Dañado queda su lomo, con una herida en el oscico y una marca en una de sus patas que cojea, cuando una luz blanca azulada resplandece entre la vegetación, por donde intentaba escabullirse.

Noo, noo… —Se la escucha decir a Carla aunque se encontraba a espaldas de tal resplandor.

Ramas y vegetación se vuelven cenizas, Carla lanza un grito de dolor, queda una amplia entrada. Aparece aquel que en un principio tanto había llamado la atención de Marcos cuando conoció a Mónica y Carla. El perro-lobo mal herido se refugia tras él. Las piedras de fuego estallan al intentar impactar contra aquel que los atacaba, son alcanzadas por traslucidos rayos apenas azulados y blancos.

 

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