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EL Grupo de los Diecinueve Jóvenes y la Primer Puerta
Novela mezcla de fantasía con realidad, de la tercera edición (Continuación.)

Autor: Javier R. Cinacchi

Copyright © Javier R. Cinacchi, 2007-2011

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente  prohibida, sin autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total mediante cualquier medio de esta obra. Toda coincidencia con alguna persona real es pura casualidad.

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El mismo día, Mónica, Carla, Juan, Mateos, Cristian, Sonia y Marcos se reúnen en un descampado; aguardando, muestre su belleza la luna, rodeada de lo que sería un apacible cielo estrellado.

Apartados de curiosas miradas de extraños, desean practicar con sus nuevas habilidades al venir la noche. Mientras tanto, charlan sobre el viaje que emprenderían en poco. Están, en medio de un campo, en una parte donde hay árboles y un pequeño estanque de agua a pocos metros. Hay apenas pasto allí, dejándose ver la tierra negra y húmeda. Sí lo hay a metros de ellos, y bien largo, donde al levantarse brisa fuerte del viento, forma ondulaciones, como si un mar de pasto los rodeara.

 

Fueron avisados de lo ocurrido sintiéndose más motivados a practicar un poco sus posibilidades. Llegan allí en el auto de Juan y en el de Cristian, quien se lo había pedido prestado a su padre. Los dejan, acercándose entre los árboles.

Por otro lugar aproximadamente al mismo tiempo, Miguel se encuentra de paseo con Sabrina. Según dijeron, comprando algunos repuestos por las dudas para usar en las motos si se necesitaran. Se rumorea, hay algo más que amistad o compañerismo entre ellos. Igualmente, también pudieron avisarles llamando a Sabrina, pues Miguel se había olvidado su celular.

Los jóvenes reunidos en el campo se encuentran comiendo unas ricas empanadas llevadas por Carla, preparadas por su madre. Se escucha, sumado al murmullo de la vida del campo, el estéreo del auto de Juan. Comienza así, a alejarse el día. Juan pregunta:

¿Prendo las luces bajas?

Mejor prendamos un fuego. Dice Marcos, sonríe y añade: Miren…

 
 

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Agarra una rama seca que había por ahí y la acomoda en la tierra. Una rama de unos tres metros de largo y de unos seis centímetros de diámetro, en su parte de mayor grosor y bien seca.

Vuelve a sentarse donde estaba, mira la rama y al instante está envuelta en fuego, aunque no un fuego típico sobre una rama, pues sus llamas son largas y altas sin observarse casi humo.

Creo que puedo manejar un poco el fuego —dice Marcos y añade—: Haber que les parece. Para vos Mónica.

De la rama comienzan a menguar un poco las llamas que había provocado. Se concentran en un punto central desde donde se vuelven a elevar. Se alejan en curva, no sin que el vacío en medio de ellas, sea llenado por fuego un poco desparejo. Logran una distancia como de un metro de alto por uno de separación en su parte más amplia. Al llegar a tal altura, como si no aguardaran más estar separados sus extremos, suben curvándose hacia el centro, y bajan un poco bruscamente para unirse, ya sin el mismo fuego que las separa. En su unión, es más claro e intenso el fuego. Este diseño de Marcos perdura unos segundos tal cual. Mónica se tira abrasándolo, se desconcentra y las llamas se desfiguran, aunque no dejan de iluminar bien.

Ya se había vuelto prácticamente de noche. Juan estando sentado, pensando apaga la radio, de su coche tenues luces iluminan de los faroles, como si pudiera de alguna forma decidir cuanto iluminarían. Se escucha un clic en el auto de Cristian, cuyos faroles suman tenue luz.

¿Cómo pueden hacer esas cosas? —Pregunta Cristian.

Ya sabes, Cristian, lo que sabemos y lo que no. —Le responde Juan.

No se asusten—. Murmura Carla parándose y extendiendo los brazos.

Todos la miran atentamente. Comienza a escucharse crujidos de ramas y raíces, más pequeños golpes y roces de madera.

 

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