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EL Grupo de los Diecinueve Jóvenes y la Primer Puerta
Novela mezcla de fantasía con realidad, de la tercera edición (Continuación.)

Autor: Javier R. Cinacchi

Copyright © Javier R. Cinacchi, 2007-2011

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente  prohibida, sin autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total mediante cualquier medio de esta obra. Toda coincidencia con alguna persona real es pura casualidad.

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Vuelven las charlas, salen a la ruta, donde solo se observa la pequeña caravana, y a veces algunos distanciados autos. La mayoría del trayecto estarían rodeados de campo y postes de luz a los costados. Esta escena se repetiría por considerable tiempo, en medio de chaparrones, y algún que otro pueblo, o estación de servicio que van pasando.

El aburrimiento por un viaje monótono se hace presente, y a las horas comienzan a hacerse… digamos… chistes…

Che Juan —dice Marcos— ¿Qué broma les podemos hacer a estos?

 

¡Ninguna! Debemos ser precavidos, conductores responsables.

Sí seguro… pero… no crees que podemos… no sé… alienarles el estéreo… bajarles y subirles una ventanita…

Y así fue al final. Juan les cambiaba la música a las chicas del estéreo… Esperanza hacia, llueva sólo sobre el auto donde estaba Juan. Nicolás, quien podía influenciar descargas eléctricas, llamaba por radio a los que estaban en otro vehículo sólo para escuchar cómo se sobresaltaban. Con un gran relámpago que hacia subir de la tierra a las nubes, a unos cien o ciento cincuenta metros con un gran estruendo…

Y así avanzaron siguiendo el mapa, se detuvieron en alguna estacion de servicio de vez en cuando. De a ratos se escuchaba heavy metal proveniente del vehículo donde estaba Juan, que no duraba mucho, porque a Mónica no le gustaba tanto. Pararon para comer, siguieron y siguieron hasta el cansancio. Luego de más de diez horas de haber emprendido el recorrido, sin ningún apuro:

¿Cristian nos avisas si ves algún lindo lugar para acampar? —Le dice Marcos por radio a Cristian.

Sí claro… —Y cuando ya todos estaban con las contracturas de viajar más un gran aburrimiento, ansiosos por descansar; Cristian dice:

En frente de la mansa laguna,

a mitad del camino,

a la derecha de la ruta,

será el tiempo de juntos pensar.

 
 

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Mirá —le avisa Pablo a Juan por radio—, dice Cristian… un poco adelante a la derecha… estate atento, hay una laguna.

Disculpá, pero… ¿Por qué lo dices en forma de poesía? — Le pregunta Nicolás a Cristian, a lo cual este le responde:

Es un poco difícil de explicar… pero es como si por un instante me hiciera parte del mundo que me rodea, me distancio un poco del tiempo; todo lo observado y sentido me parece bello. Es entonces, cuando hablo, que lo hago así. Simplemente me sale así.

¿Y cómo sabes que nos pondremos a pensar y no a jugar a la pelota? —Dice Nicolás.

No lo sé, y no dije que no jugaríamos a la pelota. Sospecho, a la noche, cuando todo este calmo y nos sentemos frente a una fogata y su calor, en medio del silencio roto por el viento, el canto de los grillos, estando en la paz de la noche, en fin… nos pondremos a meditar en la vida. En nuestra vida, contándonos cosas entre amigos, intentando hallar respuestas o disfrutando recuerdos. No soy adivino, uso la lógica, y miro profundamente las cosas—. Dice Cristian.

Mientras tanto Juan observa una entrada a un lugar acorde para acampar (como había dicho Cristian), aunque sin nadie y totalmente abierto. Hace señas con las luces a los de detrás, verifica los hayan visto, y desacelera lentamente. Al llegar y estacionar, se estiran y caminan un poco. Juan comienza a armar cuatro carpas al mismo tiempo, más dos baños químicos portátiles, cruzado de brazos y con una sonrisa de disfrutar lo que hacía. Se habían adentrado unos doscientos metros, alejándose de la ruta.

Esperanza mira al cielo, David ya lo hacia; comienzan las nubes a alejarse, formando un claro sobre ellos. Se encuentran en un trayecto de ruta poco transitada; un poco en olvido y descuidada.

Al poco tiempo estaban jugando un partido de vóley muy divertido, ideal para despejarse. Aunque esto no sería lo que más afectaría a sus vidas, sino las enlazadas palabras pronunciadas pensando en que harían, pero se divirtieron mucho.

Che… ¿qué onda? —Dice Marcos.

Y… podríamos hacer tantas cosas que me siento un poco libre—. Le responde en un instante de inspiración Nicolás.

 

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