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EL Grupo de los
Diecinueve Jóvenes y la Primer Puerta
Novela mezcla de fantasía con
realidad, de la tercera edición
(Continuación.)
Autor: Javier R. Cinacchi
Copyright © Javier R. Cinacchi, 2007-2011
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin
autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las
leyes, la reproducción parcial o total mediante cualquier medio de esta
obra. Toda coincidencia con alguna persona real es pura casualidad.
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Y así hicieron mientras charlaron tranquilos, de lo lindo del lugar,
el aire puro, y lo extraño de la ausencia de animalitos. También
mencionaron, lo inmenso del silencio envolvente, cuando no producían
ningún sonido. Les llamó la atención una pequeña planta que pasó
por delante de ellos arrastrándose. Carla dijo que era una planta, y
que ella no la estaba afectando. Continuaron charlando un poco,
Cristian dice:
—Veo, tres
o cuatro veces más lejos de cuanto veía al concentrarme, antes de
atravesar la puerta.
Me resulta extraño donde estamos, sospecho es un lugar preparado
artificialmente…
Transcurrieron largas horas y Cristian dijo ver
acercárseles una chica, en una especie de patineta auto impulsada
sin ruedas, la cual dejó a unos kilómetros arrojándola donde no
sea visible, continuando acercándoselas a rápido paso. La describió
entre versos de forma tal que más de uno deseo ser poeta, y ver a la
sencilla bella mujer, con
los ojos de Cristian. |
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Apenas termina de hablar Cristian,
de repente, otros salen de la puerta,
detrás de ellos. Los Jóvenes se sobresaltan y se apartan a los
costados del camino. Eran cuatro personas: un rey, pues llevaba
puesta una corona, caminaba teniendo en alto una espada, acompañado
de tres caballeros.
Ninguno poseía un anillo, solo el rey una espada
que brillaba al igual que el collar
cambiante de color, el cual es de
destacar no menguó su intensidad lumínica al atravesar la
puerta, aunque se hizo menos notoria su
luz, debido a la claridad.
El rey los mira, pasando
observa el collar
de Marcos para luego detenerse a observar su cara de asombro mezclada
de admiración, de cerca.
A Marcos se le hincha el pecho de respirar
profundamente. El rey lo observa, parece
comprender la expresión de los ojos que fijos lo miran, de un joven
audaz y valiente guerrero dispuesto a seguirlo. Detenido en Marcos,
pues orgullosos los cuatro habían pasado entre los jóvenes para
seguir rumbo adelante a paso firme. Cruzan miradas de fuego Marcos y
el rey, esas miradas que nadie se atrevería a interponérseles en
medio, nadie salvo el amor.
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—Marcos, por favor no te alejes de mí—. Dice
Mónica.
Su voz,
aunque Marcos se consumía por una
pasión interior, deseando continuar tras ellos, logra atenuar sus
ansias. Marcos mira a sus otros compañeros, los cuales comprendiendo
la situación, le expresan una negación (a dejarlos) con movimientos
de sus cabezas.
El rey posa su mano un instante en el hombro de
Marcos. Al hacer esto, los tres caballeros sacan sus espadas y le
indican con gestos a Marcos, incline su cabeza, él lo hace y cuando
se está por arrodillar, rápidamente no se lo permiten. El rey
suavemente golpea con su espada,
otra espada que desenfunda y con ésta el hombro izquierdo de Marcos
despacio. Le entrega la espada -replica de la que resplandece, sin
ser realmente especial, aunque muy elaborada-, le dirige una cálida
sonrisa, y murmura inentendibles palabras. El rey observa luego a
Mónica, le dirige otra rápida mirada a ambos y sonríe asiéndose
comprender. Vuelve a continuar su marcha junto con sus acompañantes,
según diría luego Cristian, al castillo. Se lo observaba un poco
preocupado y cansado al rey.
Cuando se alejan de la visión de Marcos,
lágrimas comienzan a caerle lentamente rosando sus mejillas a éste.
Sabe, tal vez, ha perdido la oportunidad de su vida por vivir aquella
época y circunstancias para él apasionantes por no haber seguido al
rey y sus caballeros. Sus sueños han pasado delante de él, le han
invitado a realizarlos, y no lo ha hecho, se siente fatal.
—Gracias por elegirnos Marcos, si se nos
presenta la posibilidad intentaremos ir todos juntos con aquel rey y
sus caballeros. A su tiempo—. Dice Carla.
—Estate seguro. Te acompañaremos —Añade su
amigo Mateos.
Todos
consintieron, algunos incluso sin
comprender el porque de las lágrimas de Marcos, o el porque debían
consentir para no quedar desubicados, cuando en realidad no deseaban
ir a ningún castillo a pelear cuerpo a cuerpo con espadas (si las
llevaban supusieron las usaban).
A la hora la señorita
mencionada por Cristian llega y les dice:
—¡Hola lindos! ¡Éxitos y tranquilidad!
—Saludándolos de esta forma, añade—: Pueden llamarme Abbila.
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