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El
techo no llega a verse, al mirar allí se observa oscuridad, e
igualmente al buscar con la mirada el fin de tal recinto. No saben si es
infinito o diminuto.
Flavia
es la primera que atraviesa tal puerta. En vez de caer queda flotando. A
los minutos es cuando pasa su primer amigo Juan. Flavia se da cuenta
también puede hacer flotar a los demás. Con certeza, pues
si bien suponía podía, no lo había practicado hasta
ese momento.
Juan es recibido escuchando la risa de Flavia, quien le dice al colocarlo en pie al minuto de tenerlo flotando:
—Disculpa
Juan, pero no aguanté la tentación, al ver la cara de
susto y perplejidad que tenías, discúlpame.
Juan conteniendo su fastidio le responde:
—Descuida,
pero no lo vuelvas a hacer. Que no entendía que pasaba —y
ríe por tratar de no ser brusco en su respuesta—.
Se
sientan en las ruinas de fino muro que envuelven a la puerta. Tal
vez en algún tiempo la ocultaba, ya que no se ve abertura.
Llegan
también Cecilia y Sabrina. Hablan media hora entre los cuatro. Y
resalta el diálogo que comienza Cecilia diciendo:
—Es
extraño, pero en este lugar, siento como si no sintiera
emoción alguna, que pensándolo bien, sé me
aterraría. ¿Les pasa lo mismo verdad?
A lo
cual les responden con una sincera afirmación. No se deciden a
hacer algo, pero a la hora comienzan los cuatro a sentir una
incomodidad en su alma: inquietud. Y sus diálogos son
interrumpidos por una voz, que proviene de un sector de la oscuridad que
los envuelve.
—Lamento
interrumpirlos, pero me he enterado de que han soportado bien las
primeras batallas contra el olvido. No teman solo quiero hablar, aunque
luego les demostraré que en batalla puedo ganarles.
—¿Eres —le pregunta Juan—, un señor del olvido?
—Sí, pero ese nombre que nos dan algunos es poco acertado. Y quiero aclararles algo: nunca quisimos hacerles daño.
—Algunos de nuestro grupo de los diecinueve —Dice Flavia—, fueron atacados por ustedes.
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