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Quizás podría Esperanza en tal situación frenar la
tormenta que la envuelve, pero opta por resguardarse al amparo de una
cavidad en la roca, con su espalda contra ésta. Pese a ser
Esperanza, estaba shockeada. Estando agitada observa a su alrededor a la
luz de la puerta y destellos de relámpagos. Hay aberturas entre
la roca; hacia arriba nubes oscuras y la lluvia. Por aberturas se ven
arbustos y árboles; a lo lejos por una se observa lo que parecen
ser montañas. Esperanza tiembla de frío, siente hambre,
tiene miedo de estar sola allí, pero mira al cielo y cesa la
tormenta lentamente por sobre su cabeza, aunque no el viento. Agitada
susurra:
—¿Qué hago aquí?
—Me gustaría saber lo mismo.
Reconoce la voz de Pablo, y lo busca con la mirada sin encontrarlo en la oscuridad.
—¿Pablo?
—Sí, ahí me acerco a la puerta para que me veas. Con la tormenta no vi que estabas.
Al
ver la silueta de Pablo, embarrado al lado de la puerta, se acerca a
él. Se sacan un poco el barro como pueden, al rato llega David.
—Al
menos paz no nos va a faltar— bromea Pablo al ver a David
tambaleándose intentando no caer en el agua sucia que ya estaba
menguando por no llover—.
Se
acercan a tenerlo. Es así como con música de
retumbantes truenos, estos tres amigos del grupo de los diecinueve
jóvenes, llegan sin ningún tipo de afectuoso recibimiento
a extraño mundo.
—Chicos, les aviso que no sé cuanto podré detener la tormenta, en este momento la tenemos a nuestro alrededor—.
—Genial —Dice con ironía Pablo—.
—¿Así qué estamos solos en medio de esto? —Pregunta David—.
—Hasta ahora eso parece —Le responde Esperanza y añade:—gracias por la Paz David.
—De
nada —Le responde David, y añade:— Veo que vamos a tener que
esperar a que salga el sol. Espero que no estemos en una zona donde las
noches duren días...
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