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Todos asienten.
—En la entrada principal, del lado del viejo
polideportivo — añade Mónica—. No de la otra entrada más
alejada.
—No antes de las catorce horas, el sábado para
mí es el mejor momento —afirma Juan.
—Bien,
el sábado a las catorce y media, en la entrada principal, del lado
del polideportivo, para ir al río —resume Carla y añade—. Llevo
el mate y galletitas.
Todos se saludan afectuosamente y se marchan con
la sensación de haber comenzado algo nuevo
y divertido, conociendo a gente nueva. Marcos, además no deja de
pensar en un castillo que tal vez sabe donde hallarlo, y le parecería
algo fabuloso ir con este muevo grupo algún día; pues nunca se
animó a ir solo.
Juan se aleja murmurando casi imperceptible.
—Que interesante… ¿Qué será de todo esto?
Mónica y Carla caminan juntas unas cuadras. Se
intercambian direcciones de e-mail y pregunta Carla a Mónica antes
de alejarse:
—¿Contenta?
—Sí —contesta Mónica y añade saludando—.
Encantada de conocerte; mejor me voy que ya es muy tarde.
—Sí —afirma Carla.
Los cuatro de regreso a
sus casas se preguntaban: “¿Nos volveremos a ver?”
Marcos, se dirige a la parada del colectivo, el cual lo llevará
hasta pocas cuadras de donde vive. En una linda vivienda, no lujosa,
con sus padres. Llegaría más tarde que de costumbre.
Se sube al transporte, hay pocas personas viajando. Está cansado y
se dirige a un asiento donde se queda esforzándose para continuar
despierto. Se le cierran los ojos, mientras observa monótonas luces,
amarillas melancólicas, pasar entre tonos grises y negros, llenas de
sombras.
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