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—¿Qué es esto? ¿Atravesar la puerta? ¿Qué
puerta?
Al decir esto, algo
golpea la ventana de su habitación, ésta da a la calle. Comienza a
sospechar que el encuentro de esa madrugada fue una broma de muy mal
gusto. Dice en voz alta, intentando no despertar a sus padres:
—¡No estoy para bromas! ¡No moleste o llamo a
la policía!
Luego, al no pasar nada, murmura pensativo dejándose llevar por sus
sentimientos:
—¿Será alguna de las dos chicas?
Se dirige a la ventana con el papel en la mano, la ventana está
cerrada, debe abrirla para observar.
Se detiene. Piensa, no
le parece sea alguna de las chicas… ¡Son casi las 4 de la mañana!
Aunque notó que Mónica lo miraba con cariño. Pero en realidad, era
imposible estuviera allí porque nunca le dijo donde vivía, y en el
colectivo con él no estaba. Además las vio marcharse en otra
dirección. Sí, tarda en abrir la ventana...
El mismo golpe se escucha nuevamente,
y se sobresalta. Se pregunta.
—¿Qué hago? Veremos… —abriendo la ventana
sin hacer ruido, lo mínimo para poder mirar.
Mira hacia abajo: Nada. Mira hacia los costados: Nada. Por último
muy lentamente mira temeroso, hacia arriba: Nada. Abre toda la
ventana y se apoya desafiante en ella (ya que no había visto a
nadie). Haciendo un respiro profundo murmura.
—En cualquier momento viene mi papá y me
pregunta si estoy loco.
Cierra la ventana y al
ir a su cama, observa sobre esta, un anillo, al cual con cara de
confundido levanta. Parece de oro, por dentro y en el medio posee
como una línea fina ondulada, como de plata, de unos dos milímetros.
No la mira bien, pero se ve algo así, ve incluso un poco nublado por
el sueño…
—¡Yo no soy ningún tonto! —grita Marcos y se
dirige a donde duermen sus padres, enojado les dice— ¡No me gustan
este tipo de bromas!
—Me asustaste ¿Estás bien? —con cara de
dormido, y sobresaltado por su hijo, le dice su padre cuando lo ve. A
lo cual Marcos piensa, nada tiene que ver con el anillo.
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