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Continúan y a los pocos
pasos están en el camino principal, donde hay más gente. De apoco
se les va el miedo, aunque ahora Marcos es él, quien está muy
pensativo y en silencio.
Marcos cuando se encontró con Mónica, Carla y
Juan había observado a una persona robusta aunque nada petiza, con
el cabello como si fuera del color del sol;
luego había encontrado una nota en la puerta de su casa, un anillo,
y ahora ocurre esto.
Camina tomado de la mano
de Mónica, quien ya no está triste. Se había vuelto así, al ver a
Marcos con ese anillo; en su mano derecha, en el dedo anular, lo cual
suele significar estar comprometido o de novio. Marcos tontamente
ignoraba ese significado.
Así fueron, por el
camino principal, no sin ver de reojo cada caminito que se apartaba,
para adentrarse perdiéndose entre la vegetación. Especialmente
Juan, quien en una oportunidad también se detuvo en uno, aunque no
como lo había hecho Ceci, y le dijeron todos un fuerte…
—¡No!
Para seguir caminando,
no sin que Juan añadiera sonriendo.
—Me pareció ver algo moviéndose… enserio…
quizás era una iguana, o… nada—. No queriendo decir “o alguien
que andaba por ahí siguiéndonos”.
Juan sabe de las iguanas allí. Se acercan al camino principal
únicamente cuando no hay nadie; es decir, en días de la semana,
pues había paseado varías veces por allí.
Al final del camino principal, se detienen en frente del río, en un
sitio lo suficiente cómodo. Algunos se sientan en un tronco viejo,
colocado sobre unas piedras como asiento, a metros de un arbolito
inclinado por el viento y maltratado por las personas. Otros, en
alguna piedra o grupo de ellas, acomodadas de tal forma que sirviera
para sentarse.
Observan,
mientras comen unas galletitas y toman unos mates, como tiran
pequeñas piedritas al agua, compitiendo haber quien las hace rebotar
más veces, o llegar más lejos; mientras, charlan.
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