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"En el corazón tenía la espina de una pasión. Logré arrancármela un día: ya no siento el corazón" Frases Antonio Machado.

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La mejor historia de las mil y una noches completa

Las mil y una noches, el jóven rico y el barbero

Escribe Javier R. Cinacchi en
http://www.estudiargratis.com.ar/estudiar-con-lecturas/mejor-historia-mil-y-una-noches.html
Voy a relatar a continuación la que para mí es la mejor historia de las mil y una noches. Tales historias son una recopilación de cuentos de transmisión oral. No hay una versión exacta de un cuento, de los cuales la mayoría fueron mejorados o modificados a gusto de cada uno de sus relatadores. Pese la adaptación es siguiente es completo, seguí leyendo siempre a Estudiargratis.net donde sea que estés, tu gigante libro lleno de temas.
Hace pocos días – comenzó a decir el sastre-, participé de un banquete que ofrecía uno de mis amigos. Cuando los invitados estábamos por comenzar a comer, entró un joven de muy buena presencia pero cojo. Estaba por sentarse, cuando miró a uno de los convidados e inmediatamente retrocedió con cara de espanto e intentó irse totalmente alterado. Le insistimos a que diga el porqué de su comportamiento, y contó lo siguiente:

-Te ruego que me dejes ir. Me es imposible estar en el mismo lugar donde está ese barbero negro y viejo que ves allí, tiene un alma más negra todavía que su cuerpo, y es la causa de todas mis desdichas, incluso mi cojera...

Viendo a donde señalaba, estaba sentado en un rincón con la cabeza baja y guardando el más profundo silencio tal persona. Ante la insistencia de relatar el porqué de aborrecer de esa manera al rapabarbas, el joven se sentó de espaldas de este y comenzó a relatar una asombrosa historia:

-Mi padre era un hombre muy rico y respetado, no desempeñó ningún cargo público, llevaba una vida tranquila y me educó en ese clima. Cuando murió heredé, siendo su hijo único, una gran fortuna. Seguí viviendo bien, pero padecí de un terrible mal. Desde la más temprana juventud, las mujeres me causaban horror, con solo verlas me agraviaba y me causaban sufrimientos atroces. Decidí vivir al margen de ellas. Un día, mientras caminaba por las calles de Bagdad, se apareció un grupo numeroso de estas criaturas aborrecibles. Intenté no cruzarlas, me di a la fuga sin saber hacia dónde, llegué a una calle sin salida y mientras me recuperaba del cansancio, de repente se abrió una ventana, justo delante de mí, y se asomó una jovencita que se puso a regar las plantas. La imagen de su rostro me causó tal impacto, que sentí una emoción nunca antes sentida. Quedé embelesado por sus ojos destellantes como luceros y oscuros como azabache. Volví a mi casa caminando como si me hubieran hipnotizado, y sentí un estado febril en todo el cuerpo.

Al día siguiente intenté verla, esperé horas, peno no tuve suerte.

La aparición súbita de ese rostro divino me hizo perder la paz y el sosiego que gozaba hasta entonces. La pasión que despertó aquella joven en mi alma era tan vehemente, que me dio una fiebre que me devoraba. Mis parientes comenzaron a alarmarse, y más, luego de que la mejor asistencia médica no diera efecto. No quise decirles la causa de mi mal.

Una vieja, amiga de casa, vino a visitarme por causa de mi enfermedad, luego de examinarme atentamente durante un largo rato, me dijo palabras afectuosas para intentar calmarme:

-Hijo mío, por más que te empeñes en ocultarlo, sé que estás enfermo de amor. Solo tienes que decirme quién es la dama que te hechizó de tal manera, y entonces podré curarte.

Escuchar estas palabras me causó alivio. No confiaba demasiado en sus promesas, pero le conté lo sucedido. Ella dedujo que la joven a quien amaba era la hija del primer cadí, cuya hermosura, en efecto, tenía gran fama. Pero era una persona muy adusta, y se complacía en agravar el mal que causaban sus encantos, no obstante prometió ponerse a trabajar para conseguirme lo que quería. La vieja volvió varias veces sin nada, perdí toda esperanza cuando ella comenzó a preocuparse: la joven la llamó vieja bruja y replicó que si no se callaba, desistiendo de sus vergonzosas proposiciones, ordenaría que la castigasen severamente. La vieja se sintió tan ofendida que lejos de acobardarse lo tomó como un gran desafío y me prometió que volvería a insistir. Seguí empeorando, dejé de comer y beber, y me negaba a hablar.

Sin embargo un día la vieja regresó, me dijo sonriendo: "Vamos, hijo, ¡dame festejos por las buenas nuevas que te traigo!" Y al oírla decir esto, sentí tal alegría, que me volvió el alma al cuerpo, me contó: "Volví ayer a la casa de la joven. Y cuando me vio triste y abatida, y con los ojos arrasados en lágrimas, me preguntó: "¡Oh, miserable vieja! ¿Por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?" Entonces se aumentó mi llanto, y le dije: "¡Oh, hija mía y hermosa señora! ¿No recuerdas que vine a hablarte de un joven apasionadamente prendado de tus encantos? Pues bien: hoy está por morirse por culpa tuya". Y ella, estremecida, se enterneció y preguntó: "¿Pero quién es ese joven de quien insistes tanto?" Y yo le dije: "Es mi propio hijo, el fruto de mis entrañas. Te vio hace algunos días, cuando estabas regando las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no quería ver a ninguna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, ahora está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté de la mala acogida que me diste, recayó gravemente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarlo tendido en los almohadones de su lecho, a punto de rendir el último suspiro al Creador. Y me temo que no haya ya esperanza de salvación de mi hijo". A estas palabras palideció la joven, y dijo: "¿Y todo eso por causa mía?" Yo le contesté: "¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi cabeza y sobre mis ojos". Y la muchacha dijo: "Ve en seguida a su casa y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me da mucho dolor su pena. Que a la hora en que mi padre se va a rezar a la mezquita venga a casa, y yo diré a mi gente que le abran la puerta, le haré subir a mi aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes que mi padre vuelva de la oración".



Me dijo que tenía tres días para mejorarme, yo sentí que mi ser iba recuperando un bienestar incomparable. Le dí con gran gusto una bolsa llena de monedas de oro, la había ganado a diferencia de esos médicos ignorantes que ni siquiera pudieron adivinar el mal que padecía. Al llegar el día, antes de ir envié a un esclavo a buscar a un barbero que hable poco, y no me pregunte nada. Mi servidor me trajo a ese maldito que está allí sentado.

Me saludó, y al notar que no me encontraba bien, preguntó si quería ser afeitado o sangrado. Le expliqué que terminaba de padecer una larga enfermedad pero que ya estaba bien. Entonces empesó a proferir una larga lista de bendiciones, hasta que lo interrumpí diciéndole que no tenía tiempo que perder.

Lentamente y con una parsimonia que logró inquietarme, comenzó a suavizar sus navajas. Cuando terminó, en lugar de preparar el agua, sacó un astrolabio y se fue al patio, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo miró atentamente, examinó el astrolabio, volvió, y me dijo: "Has de saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de la Hégira de nuestro Santo Profeta. Es buenísimo que no hayas podido elegir un mejor día y hora que esta para afeitarte. Lo sé por la ciencia de los astros y números, la cual me dice también que este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la conjunción del planeta Marte con el planeta Mercurio, por siete grados y seis minutos. No puedo ocultarte sin embargo, que esa misma conjunción me anuncia que en este día corres un gran peligro, no de muerte, pero si de un grave accidente que durará toda la vida. Por lo tanto, debes agradecerme este aviso para que estés precavido, y trates de evitarlo.

Considerando la disposición de ánimo y prisa con la que me encontraba, habrán podido darse cuenta, lo irritante que me resultaba semejante charla. Le respondí con fastidio, que dejara para otra oportunidad sus pronósticos, y que lo llamé para que me afeitara, y si no lo hacía que se fuera, que conseguiría un barbero menos charlatán. En lugar de poner manos a la obra, me contestó con una flema capaz de hacer perder la paciencia a un santo:

-Si supieses la verdad de las cosas, me pedirías más pormenores y más pruebas. De todos modos, sabe que, aunque soy barbero, soy algo más que barbero. Pues además de ser el barbero más reputado de Bagdad, conozco admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los medicamentos, la ciencia de los astros, las reglas de nuestro idioma, el arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de los números, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la historia y las tradiciones de todos los pueblos de la tierra. Por eso tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh, mi señor! que hagas exactamente lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias a mi ciencia y al examen de los cálculos astrales. Y da gracias a Alah que me ha traído a tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te aconsejo tu bien por el interés que me inspiras. Tu difunto padre sabía lo que yo valía, me estimaba mucho, citándome como modelo de ciencia y del saber. En recuerdo a la amistad que me profesaba, y como manifestación de agradecimiento quiero tomarte bajo mi cuidado y preservarte de cuantas desventuras te anuncian los astros.

Al oír semejantes amenazas para intimidarme, a pesar de mi enojo e impaciencia, largué una fuerte carcajada y le dije: “¿Podrías dejarte de charlatanerías insoportables y afeitarme de una vez?”. Lejos de incomodarse, me contestó: "Sabe, sin embargo, ¡oh mi señor!, que soy un hombre a quien todo el mundo llama el Silencioso, a causa de mi poca locuacidad. De modo que no me haces justicia creyéndome un charlatán, sobre todo si te tomas la molestia de compararme, siquiera sea por un momento, con mis hermanos. Porque sabe que tengo seis hermanos que ciertamente son muy charlatanes, y para que los conozcas te voy a decir de ellos: sus nombres vienen porqué, el mayor al hablar hace un ruido como un cántaro cuando se vacía; el segundo, muge repetidas veces como un camello; el tercero, le dicen el Cacareador hinchado; el cuarto, el Botijo irrompible; el quinto, la Camella preñada, o el Gran Caldero; el sexto, el Tarro hendido, y el séptimo, el Silencioso; y este silencioso es tu servidor"...

Y fue relatando también sus oficios. Tratense de ponerse en mi lugar, ya no sabía qué medida tomar con este hombre al ver que el tiempo pasaba y seguía sin estar afeitado. Ordené entonces a uno de mis esclavos que le diera tres monedas de oro y que se fuera pues ya no quería afeitarme. Al oír esto, exclamó que de ninguna manera se marcharía hasta no cumplir con la labor que se le había encargado: -No es culpa mía si no sabes apreciar lo que valgo. Bien diferente era tu padre que se podía pasar tardes enteras escuchándome como a un oráculo.

Al comprobar que con enojarme no conseguía nada, traté de hablarle con dulzura, pidiéndole que por favor me afeitara ya que me esperaban a las doce en punto. El se largó a reír y tomando el astrolabio salió a medir la altura del sol, y volvió diciendo que aún faltaban tres horas, que había tiempo de sobra. Ya sin contenerme, levantándome encolerizado le ordené que me afeitara o se fuera. Cuando vio esto tomó la navaja y comenzó a rasurarme la cabeza, pero al poco la deja y consulta el astrolabio. -Si me dijeras tu negocio que te apura, quizás pudiera aconsejarte-. Le contesté que tenía que ir a un banquete de amigos. Entonces se acordó que él también tenía invitados a comer y aún no había comprado. Temiendo de que me deje sin rasurar y escapara al mercado, mandé a mis esclavos traer todo tipo de provisiones. Me agradeció efusivamente, pero en lugar de tomar su navaja se puso a esperar los comestibles con mucha calma mientras hablaba...

"¡Oh, joven dueño mío! Los arrebatos son tentaciones del Cheitán". Y me recitó estas estrofas:

¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca resoluciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser juez en la tierra!
¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dureza, y encontrarás misericordia cuando te toque el turno fatal!
¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que no pueda ser humillada por la mano del Creador, que la domina!
¡Y tampoco olvides que el tirano ha de encontrar siempre otro tirano que le oprimirá!

Después me dijo: "¡Oh, mi señor! Ya veo sobradamente que no te merecen ninguna consideración mis méritos ni mi talento. Y, sin embargo, esta misma mano que hoy te afeita es la misma mano que toca y acaricia la cabeza de los reyes, emires, visires y gobernadores; en una palabra, la cabeza de toda la gente ilustre y noble. Y debía referirse a mí, o a alguien que se me pareciese, el poeta que habló de este modo:

¿Considero todos los oficios como collares preciosos, pero el barbero es la perla más hermosa del collar!
¡Supera en sabiduría y grandeza de alma a los más sabios y a los más ilustres, y su mano domina la cabeza de los reyes!

Y replicando a tanta palabrería, le dije: "¿Quieres ocuparte en tu oficio, sí o no? Has conseguido destrozarme el corazón y hundirme el cerebro". Y entonces exclamó: "Voy sospechando que tienes prisa de que acabe". Y le dije: "¡Sí que la tengo! ¡Sí que la tengo! ¡Y sí que la tengo!" Y él insistió: "Que aprenda tu alma un poco de paciencia y de moderación. Porque sabe, ¡oh mi joven amo! que el apresuramiento es una mala sugestión del Tentador, y sólo trae consigo el arrepentimiento y el fracaso.

Además, nuestro soberano Mohamed ha dicho: "Lo más hermoso del mundo es lo que se hace con lentitud y madurez". Pero lo que acabas de decirme excita grandemente mi curiosidad, y te ruego que me expliques el motivo de tanta impaciencia, pues nada perderás con decirme qué es lo que te obliga a apresurarte de este modo. Confío, en mi buen deseo hacia ti, que será una causa agradable, pues me causaría mucho sentimiento que fuese de otra clase. Pero ahora tengo que interrumpir por un momento mi tarea, pues como quedan pocas horas de sol, necesito aprovecharlas". Entonces soltó la navaja, cogió el astrolabio, y salió en busca de los rayos del sol, y estuvo mucho tiempo en el patio. Y midió la altura del sol, pero todo esto sin perderme de vista y haciéndome preguntas...

Cuando llegan los esclavos con los alimentos me agradeció efusivamente, pero en lugar de tomar su navaja se puso a examinar los comestibles con una calma pasmosa. Yo caminaba, pateaba, murmuraba, pero él indiferente. Cuando terminó, me dijo que yo había sido tan generoso como mi padre. Y que él a pesar de sus conocimientos ilimitados no contaba para vivir con más recursos que los procurados por la generosidad de sus clientes. Y añadió un discurso mencionando y comparándose con un montón de personas diciendo cosas tales como “Pero vivo contento como Zantut Alí que da friegas a los que se bañan; como Bu Mazur que vende yerbas medicinales” y al llegar a mencionar al que riega las calles, que está siempre cantando y bailando, para que vea lo divertidos que son, que me iba a cantar algunas canciones y mostrar cómo bailan.

Lo interrumpí de muy mal modo, mandándolo al diablo con sus muy malditos bailes e imprecándolo a que me afeite de una buena vez. Pero sin prestar atención imitó danzas y cantos. Cuando terminó me dijo: -Tienes muy mal genio y te encolerizas fácilmente, lo cual terminará por perjudicarte. En vez de ir a esa reunión deberías venir a comer con nosotros y estoy seguro de que no te pasará nada malo. Todavía hay en tu rostro huellas de fatiga es muy posible que haya entre esos amigos alguna persona indiscreta, de esas aficionadas a la palabrería, o cualquier charlatán sempiterno, curioso e importuno, que te haga recaer en tu enfermedad de modo más grave que la primera vez".

Entonces dije: "Hoy no me es posible aceptar tu invitación; otro día será". Y él contestó: "Lo más ventajoso para ti es que apresures el momento de venir a mi casa, para que disfrutes de toda la urbanidad de mis amigos y te aproveches de sus admirables cualidades. Así, obrarás según dice el poeta:

¡Amigo, no difieras nunca el aprovecharte del goce que se te ofrece! ¡No dejes nunca para otro día la voluptuosidad que pasa! ¡Porque la voluptuosidad no pasa todos los días, ni el goce ofrece diariamente sus labios a tus labios! ¡Sabe que la fortuna es mujer, y como la mujer, mudable!

Entonces, con tanta arenga y tanta habladuría, hube de echarme a reír, pero con el corazón lleno de rabia. Y después dije al barbero: "Ahora te mando que acabes de afeitarme y me dejes ir por el camino de Alah, bajo su santa protección, y por tu parte, ve a buscar a tus amigos, que a estas horas te estarán aguardando". Y el barbero repuso: "Pero, ¿por qué te niegas? Realmente, no es que te pida una gran cosa. Fíjate bien: que vengas a conocer a mis amigos, que son unos compañeros deliciosos y que nada tienen de indiscretos ni de importunos. Y aun podría decirte que, en cuanto los veas una vez nada más, no querrás tener trato con otros, y abandonarás para siempre a tus actuales amigos".

Y yo dije: "¡Aumente Alah la satisfacción que su amistad te causa! Algún día los convidaré a un banquete que daré para ellos".

Entonces este maldito barbero me dijo: "Ya veo que de todos modos prefieres el festín de tus amigos y su compañía a la compañía de los míos, pero te ruego que tengas un poco de paciencia y que aguardes a que lleve a mi casa estas provisiones que debo a tu generosidad. Las pondré en el mantel, delante de mis convidados, y como mis amigos no cometerán la majadería de molestarme si los dejo solos para que honren mi mesa, les diré que hoy no cuenten conmigo ni guarden mi regreso. Y en seguida vendré a buscarte, para ir contigo adonde quieras ir". Entonces exclamé: "¡Oh! ¡Sólo hay fuerzas y recursos en Alah Altísimo y Omnipotente! Pero tú ¡oh, ser humano! vete a buscar a tus amigos, diviértete con ellos cuanto quieras, y déjame marchar en busca de los míos, que a esta hora precisamente esperan mi llegada". Y el barbero dijo: "¡Eso nunca! De ningún modo consentiré en dejarte solo". Y yo, haciendo mil esfuerzos para no insultarle, le dije: "Sabe, en fin, que al sitio donde voy no puedo ir más que solo". Y él dijo: "¡Entonces ya comprendo! es que tienes cita con una mujer, pues si no, me llevarías contigo. Y sin embargo, sabe que no hay en el mundo quien merezca ese honor como yo, y sabe además que podría ayudarte mucho en cuanto quisieras hacer. Pero ahora se me ocurre que acaso esa mujer sea una forastera embaucadora. Y si es así, ¡desdichado de ti si vas solo! ¡Allí perderás el alma, seguramente! Porque esta ciudad de Bagdad no se presta a esa clase de citas. ¡Oh, nada de eso! Sobre todo, desde que tenemos este nuevo gobernador, cuya severidad es tremenda para estas cosas. Y por odio y por envidia castiga con tal crueldad esa clase de aventuras".

Entonces, no pudiendo reprimirme, exclamé violentamente: "¡Oh tú el más maldito de los verdugos! ¿Vas a acabar de una vez con esa infame manía de hablar?" Y el barbero consintió en callar un rato, y cogió de nuevo la navaja, y por fin acabó de afeitarme la cabeza. Y a todo esto, ya hacía rato que había llegado la hora de la plegaria. Y para que el barbero se marchase, le dije: "Ve a casa de tus amigos a llevarles esos manjares y bebidas, que yo te prometo aguardar tu vuelta para que puedas acompañarme a esa cita". E insistí mucho, a fin de convencerle. Y entonces me dijo: "Ya veo que quieres engañarme para deshacerte de mí y marcharte solo. Pero sabe que te atraerás una serie de calamidades de las que no podrás salir ni librarte. Te conjuro, pues, por interés tuyo, a que no te vayas hasta que yo vuelva, para acompañarte y saber en qué para tu aventura". Yo le dije: "Sí, pero ¡por Alah! no tardes mucho en volver".

Lo convencí a que se fuese con sus amigos, y que lo esperaría. Pero el muy zorro me dijo que yo pretendía engañarlo para marcharme sin él. Me vaticino que me ocurrirían calamidades de las que no podría salvarme y me arrepentiría durante toda mi vida de mi mala elección. Tuve que prometerle que lo esperaría. Entonces el barbero me rogó que le ayudara a echarse a cuesta todo lo que le había regalado, y a ponerse encima de la cabeza dos grandes bandejas de dulces, y salió cargado de este modo. Pero apenas se vio fuera el maldito, cuando llamó a dos changarines, y les entregó la carga, les mandó que la llevasen a su casa, y se emboscó en una calleja, acechando mi salida. Yo mientras tanto me bestia con la mejor ropa y me dirigí apresuradamente a la casa de la joven. Al llegar a la puerta del cadí, algo me hizo mirar hacia atrás y allí estaba, agazapado, el muy maldito barbero. Entré y cerré la puerta. En el patio me esperaba la vieja que me guió, minutos después escuchamos que el cadí volvía de la oración. Al asomarme por la ventana también vi al barbero que seguía esperándome. La joven me tranquilizó diciéndome que no la visitaba el cadí a menudo, y le sería fácil ocultarme. Para mi desgracia, ocurrió un incidente cuyas consecuencias no podían serme más fatales. Justamente aquel día una de las esclavas tuvo que ser castigada. Cuando entró el cadí comenzó a azotarla y los gritos de la esclava se escuchaban hasta en la calle. Uno de los negros de la casa quiso interceder por ella, cosa que enfureció más al cadí y comenzó a darle palos también a él.

Fue tan grande el alboroto, que el barbero pensó que me habían sorprendido a mi, y era yo quien gritaba. Comenzó a lamentarse muy fuerte, se desgarró la ropa, y comenzó a pedir socorro a los gritos a los transeúntes que pasaban, gritaba: ¡Asesinan a mi amo en la casa del cadí! Siempre chillando lo vi correr en dirección a mi casa, el muy metiche barbero avisó a todos mis criados, quienes se armaron de palos y corrieron hasta la casa del cadí con protestas y alentándose entre ellos. Ante semejante tumulto en su puerta el cadí se asomó a la ventana, y todos esos descontrolados golpeaban ya su puerta a punto de derribarla:

-¿Pero qué es lo que ocurre buena gente?

Le preguntaron si había matado a su amo, y sorprendido preguntó quién era su amo y qué cosa hizo para que él tuviera que matarlo. Y preguntó señalando al barbero loco que gritaba tanto y se contorsionaba, quién era tal. Entonces el barbero totalmente encolerizado le dice en medio de incriminaciones porque había matado a su amo.

-No te hagas el tonto, conozco con mi gran sabiduría toda la historia a la perfección de la entrada de mi amo a tu casa, y escuché los gritos cuando lo matabas. Sé que tu hija está enamorada de mi amo y él le corresponde, además me lo revelaron todo los astros, y por tal motivo temiendo por él lo he acompañado hasta aquí. Estoy seguro de que lo has sorprendido en la cama con tu hija, a mi no puedes mentirme, lo mataste a golpes tomándolo de sorpresa, aprovechándote de su debilidad por la enfermedad que tuvo hace poco. Te voy a obligar a que vayamos ahora mismo al palacio de nuestro juez el califa, o devuelve a nuestro amo salvo y sano compensado por lo que le has hecho sufrir. De no hacer esto no me queda otra que entrar a tu casa a la fuerza para liberar a mi amo, y más te vale que esté vivo.

El cadí, al oír esto, avergonzado porque cada vez se acercaba más gente a mirar qué pasaba, y todos su vecinos le miraban desde sus casas. Le dijo al barbero que si no era un embaucador podía ingresar a su casa para buscar a su amo. Mientras yo seguía escondido detrás de una celosía, y al escuchar que el demonio del barbero se iba a meter en la casa quise huir inmediatamente, pero sin encontrar una salida por donde nadie me viese me metí dentro de un cofre.

El barbero luego de recorrer la casa presintió que yo estaba escondido allí. El maldito cargó el cofre sin decir palabra alguna mientras yo me moría de miedo. Emprendió a toda prisa el camino a mi casa seguido de mis esclavos y otros que estaban por allí. Sumando aún más desgracia, el viejo baúl no resistió, se desclavó el fondo y caí en medio de la calle rompiéndome una pierna. A pesar del dolor que sentía de la fractura me incorporé por la vergüenza y tal humillación ante todos, y me puse a andar lo más rápido que pude para escapar de la chusma y sobre todo del barbero que me perseguía estando detrás de mí atormentándome con sus consejos y diciéndome que gracias a él seguía vivo. Tiré un puñado de monedas de oro con el fin de distraer a la turba, al tiempo que le gritaba al barbero que si no le alcanzaba con todo lo que me había torturado, que si quería verme muerto. Logre esconderme en la tienda de un amigo y le pedí que no dejara entrar al barbero.

Logró detenerlo con mirada amenazante y un garrote. Pero el barbero antes de irse maldijo la familia del mercader y pronunció a los gritos injurias terribles contra mí y mi amigo. Di gracias de la liberación del barbero y allí me recuperé. Pero supe que no podía seguir viviendo en Bagdad sin ser objeto de curiosidad y burlas, ya que el barbero charlatán le había contado a todos de su mérito de haberme salvado. Decidí viajar por el mundo. Ya ven señores cual es mi gran disgusto, incluyendo la de perder toda esperanza de tener alguna vez una mujer. Por eso me retiro ahora sin tener la satisfacción de acompañarlos, por causa de ese malvado con cara de piojo que allí está...

Cuando aquel joven -prosiguió el sastre al rey de China- terminó, se levantó con el rostro muy pálido y se retiró sin que nadie se atreviera a impedírselo. Luego de escuchar tal historia dirigimos la mirada al barbero que había permanecido en silencio y cabizbajo durante todo el relato, seguramente era muy culpable de las desgracias del joven cojo. El barbero alzó la cabeza y dijo:

- El silencio que he guardado es prueba de que lo que dijo es verdad. Pero todo lo hice por su propio bien. Sabrá Alá qué calamidades le hubieran ocurrido sin mi ayuda. Yo sí que expuse mi vida al sacarlo de esa casa. Pero ya ven lo que se gana por servir a los ingratos y como si fuera poco me acusa de ser charlatán, es una calumnia. Y de mis hermanos que tengo, soy el que tiene más talento, el más ilustrado y sobre todo el más callado, y por ello le contaré mi historia en pocas palabras...

Pero exclamó Scherezada que sabiendo que el rey de China se mostró tan interesado en la historia del cojo contada por el sastre, que se sintió animado para contar la historia del barbero. Pero como ya es de día si se lo permite seguirá mañana.



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